martes, 29 de julio de 2014

Mi ignorancia, mi felicidad.

Hace unos días, me levantaba temprano como cada mañana. Hace unos días pensaba sobre lo que tengo o no tengo, sobre lo que he tenido o lo que he perdido… Hace unos días, reflexionaba sobre mi vida y más particularmente, sobre la felicidad. Me hacía esa pregunta o me dio por pensar en ello cuando llegas a casa, y te pones cómoda. Cuando llegas a casa y te quitas todo aquello que te hace realmente ser tú. Es decir, te muestras tal y como eres… Sin la máscara, que a veces, hay que dar a los demás. Sin la máscara que lleva consigo una sonrisa, a veces, forzada. Una máscara que desprende una imagen que no es la real. Que no es la que siento.

Me puse a pensar… miré en mi interior y me di cuenta que cada persona, cada individuo y es más, cada ser humano, tiene una concepción diferente de la palabra felicidad. Los miedos, las angustias y el no saber qué pasará mañana es algo que va quitando peldaños hacia la meta de la felicidad. Siempre he dicho que la vida es un cúmulo de esferas, las cuales deben estar completas para poder sentirte entero, para no sentir un vacío que se extrapola al resto de las esferas y que, obviamente, influye. Quieras o no, siempre influye.

El miedo, esa emoción negativa, ese sentimiento que a unos paraliza y a otros, hunde… La angustia, eso que hace que genere nerviosismo y que, añadido a la falta de seguridad en uno mismo, hace que se vaya haciendo cada vez mayor. Todos hablamos de nosotros, todos decimos que estamos bien, en la mayoría de los casos a no ser que hablemos con personas muy cercanas… Pero y ¿la verdad? ¿La realidad? 
Todos, absolutamente todos, tenemos miedos… Tenemos incertidumbres y nos sentimos perdidos en alguna ocasión o en varias a lo largo de nuestra vida. Y no es que uno sea menos fuerte sino que la acumulación de las emociones negativas dan lugar, con el paso del tiempo, a desconfiar, incluso de uno mismo.

La vida avanza… los sueños se caen… el entorno te empuja… las palabras se clavan… y cuesta, y mucho, poder verse por dentro… Poder recordar aquellas cosas buenas. No me gusta depender de nadie… No me gusta. No me apetece ponerme a pensar y tan siquiera hablar de determinadas cosas… Ya no me apetece…  

Observas…  te comparas… y ves que no puedes llegar o no has logrado ni por asomo aquello que en el pasado pensabas. Aunque parezca ridículo, me miro al espejo y ya no veo a aquella chica de años atrás llena de ambiciones, de expectativas y de ganas por luchar. Ahora veo a alguien que ni siquiera reconozco. Ahora veo que yo también he cambiado… Que todos cambiamos a lo largo del tiempo. Que son muchas las personas las que hablan de uno y pocas las que, realmente, se interesen. Que son muchos los que te preguntan para curiosear y sé que al escribir esto aquí me vuelvo vulnerable… Pero la verdad es que ninguna vida es perfecta a pesar de que, por desgracia, haya tantas personas que intenten aparentar esferas que llevan vacías desde hace tiempo siendo su mayor preocupación el reflejo material y popular que pueda desprender en el resto…

Con esto, quiero decir que como persona que soy cuento con emociones negativas que pasan por mi cabeza, por momentos felices que me hacen sentirme bien, con compañías que me hacen recuperar durante esos instantes la confianza en mí misma, y sobre todo, siento todo esto porque estoy viva… con días buenos y malos. Con días peores y mejores. Con días que necesito más constancia en mis pensamientos pero al fin y al cabo, días que debo vivir a veces bien y a veces, mal.

Y es por eso por lo que también ayer cuando acudí al médico para los resultados de unas pruebas, dicho médico me propuso una opción de conocer la probabilidad de desarrollar una enfermedad cuyo nombre desde hace ya 5 años me da pánico pronunciar… En mi interior pensé… Mi ignorancia es mi felicidad… A veces el mejor estado de la vida es ser un ignorante o aparentar serlo… Es decir, ponerse una máscara que hace que todo de cara a la galería parezca mucho más fácil…


miércoles, 2 de julio de 2014

Días y días...

A medida que va pasando el tiempo y sobre todo los años, es cuando vamos conociendo a las personas. Vamos conociendo la verdadera identidad del ser humano, vamos viendo lo qué hay alrededor y lo que es peor, la valoración que otros hacen de nosotros mismos.

La sociedad sin querer y debido a las exigencias actuales, obliga a valorar a las personas por lo que tienen y no por lo que son, realmente. ¿Cuántas veces hemos oído que alguien merece más respeto porque desempeña la profesión de cirujano o que alguien sale con un abogado? ¿Cuántas veces se pregunta qué es o no es una persona? ¿Cuántas veces la sociedad por no desempeñar un papel o un rol laboral te deja atrás y careces de valor humano porque no produces, porque no tienes una función específica? ¿Cuántas veces te encuentras con personas que albergan una prepotencia absoluta porque consideran tener cierto poder por el desempeño de su profesión? ¿Cuántas veces alguien te descalifica con aquello que más daño te puede hacer?

¿Cuántas? Y en todo esto, hay que recordar que más allá de lo que uno gane, de lo que uno tenga, del coche que se haya comprado o la casa más ostentosa que podía tener hay algo más detrás…  Me voy dando cuenta cómo el ser humano está cuando quiere estar y con quien quiere estar. 

Sin querer o de forma inconsciente ponemos etiquetas a  las personas: Pedro “el médico”, Lucía “la arquitecta”, José “el taxista”, Manolo “el albañil”… Los definimos por su profesión, pero ¿y aquellos que actualmente se encuentran parados?  ¿Aquellos que encima de estar como están deben aguantar palabras malsonantes y recibir mofas y puyas? ¿Qué pasa con esos? Es muy fácil descreditar con palabras como “el parado”, “el vago” o “el que no hace nada”. Me doy cuenta que hoy en día valores como la belleza, el materialismo o simplemente, la arrogancia son los que más prevalecen.  

En cambio otras cualidades como la escucha son las que apenas existen. Es más, ¿por qué hoy en día se ha producido el auge de los psiquiatras? Miro a mi alrededor y en cuestión de días, he podido ser consciente de que personas que desprestigiaban y llamaban “locos” a esos profesionales resulta que llevan años yendo a sus consultas y ocultándolo… Miro a mi alrededor y veo que existen personas que sin apenas tener confianza son capaces de contar sus mayores penas y decepciones… Miro a mi alrededor  y me encuentro a mi misma escribiendo en mi blog pensamientos… Opiniones y sensaciones. Mías sólo mías.

Y ¿por qué lo hago? Porque muchas veces, siento esa necesidad de expulsar todo aquello que me ahoga por dentro. Porque detrás de cada entrada. Detrás de cada palabra o frase hay algo más. Porque hay veces que la situación y lo que llevas dentro y te aflige se va de las manos y necesitas expulsarlo.

Hace unos días me fui al pueblo… A mi pueblo. Navafría. Y lo hice para despejarme, para despreocuparme unos días del agobio, del insomnio, del miedo y sobre todo, de la incertidumbre de muchas de las situaciones de mi alrededor que me hacen sentirme ahogada. Miro a mi alrededor y hay veces que me cuesta interpretar cierto papel de esperanza o de seguridad. Y no es que no pueda hablar de ciertos temas, pero sí que es verdad que cuando hablo de ellos, no puedo evitar llorar. No puedo evitar ocultar la desesperanza que ya se alberga en mi interior. Y cuesta… Cuesta mucho… Cuesta demasiado no querer hablar de ciertas cosas pero también cuesta callarlas porque el arrastre se va acumulando.

Intento disimular, que no se noten los malos días. Y si esos malos días están, simplemente me callo y espero a que el día siguiente sea mejor que el anterior.

Es decir, en muchas ocasiones, existen días donde los nervios están a flor de piel y otros donde la templanza prevalece. Pero de una forma u otra, aunque existan personas que ayudan y apoyan, porque las hay, es cierto, que cuesta poder expresar con palabras las emociones y las reacciones ante burlas o palabras hirientes de los otros que se encuentran en esferas diferentes. No hablo de prepotencia… No hablo de comportamientos, simplemente hablo de días malos en los que callas porque para qué añadir más palabras a días que deseas que pasen pronto. Días en los que notas que no encuentras un lugar donde ubicarte en la sociedad en la que estás obligado a vivir. 

Días y días…


martes, 17 de junio de 2014

Pero lo hago por él...

Sin querer, a medida que vamos, creciendo, o más bien haciéndonos adultos, vamos interiorizando una serie de normas, de valores, de creencias que serán las que nos orienten y las que, a su vez, nos hagan tomar un camino u otro. A veces, no somos conscientes de cómo nuestro pasado o lo que experimentamos nos afecta para las decisiones futuras. A veces, una persona por las acciones que haya realizado puede interferir en la valoración o la estima que hasta conocer, la verdadera realidad, tengamos de ella.

Y cuando conocemos la verdad, cuando sabemos lo qué ocurre y lo que está sucediendo, cuesta bastante fingir o escenificar un comportamiento normal o adecuado ante dicha persona. Cuando estás delante de alguien de quien no esperabas estar, cuando tienes que saludar, acercarte y dar dos besos a alguien a quien no deseas hacerlo… Cuando tienes que mirar a esa persona a los ojos de una manera que ya no es la misma… Cuando habla y por dentro estás pensado “¿por qué lo estás haciendo?”.

Miro sus ojos, su expresión y su carácter nervioso y con cierta ansia de libertad. Por otro lado, le veo a él… Delgado, muy delgado… Con los ojos tristes y sobre todo, hay algo en él… Está distinto… Resignado y noto, que dolido. Le veo a él y a ella. Les observo y no sé cómo comportarme.

Me cuesta por ella, me cuesta porque intento disimular que no me da pena la situación, intento disimular que no pasa nada pero es evidente que algo se nota en el ambiente. Es evidente, que ya no es lo mismo y por él, por ser quien es, hago verdaderos esfuerzos por intentar que mi cara no evidencie el verdadero sentimiento que por dentro me alberga esa mujer. Por el daño que está causando y tengo que hablar con ella, delante de él. Tengo que entender que él la sigue queriendo y que aunque se vaya… lo seguirá haciendo. Tengo que entender que será la última vez que, quizá la vea.

Me gustaría hablar con él sin que ella estuviera. Me gustaría entender el razonamiento de ella, de su actitud, del motivo real porque si de algo estoy segura, es que él no se lo merece. No es justo… Pero el amor es caprichoso, el amor es impredecible… El amor, como está visto, siempre acaba haciendo daño. Pero esa no es la realidad, no es el amor el que hiere, sino las personas que juegan con él sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Son las personas las que se enamoran y desenamoran. Son las personas las que deciden si luchan o no por alguien con quien han decidido pasar el resto de sus días. Son las personas las que, a fin de cuentas, perdonan o esperan. Y existen amores que esconden verdaderas sorpresas en su interior, existen amores que se caen de la noche a la mañana y que desde fuera, era algo impensable. De tenerlo todo, pasan a no tener nada.

Llega el momento de la despedida… Noto la cara de él… Compungido, también quizá, disimulando pero lo cierto es que la presencia de esa mujer me roba las energías de mostrarme natural. Hablo y le miro a él. Hablo y le sigo mirando a él. Hablo y desplazo mi mirada hacia ella para forzar mi naturalidad. Hay más personas implicadas y es una situación desagradable para mí. Me siento que fuerzo la maquinaria de una forma sobrehumana porque si me mostrara tal y como me siento, ni me molestaría en mirarla a la cara, pero lo hago por él, porque él vino con ella y porque, es evidente que sigue enamorado a pesar del dolor y de la angustia que por dentro está experimentando.

Tan sólo un “Cuidaros” se me ocurre para la despedida. Le hubiera dicho otra cosa… Le hubiera dicho “Cuídate” porque él es el reflejo físico del malestar emocional que la incertidumbre y el miedo, se están alojando.  Me meto en el coche y siento pena… Y por otro lado, rabia por tener que mantener las formas ante acciones de una mujer que no tienen justificación alguna. Pero lo hago por él… Porque el amor, a veces, no se entiende…




martes, 3 de junio de 2014

No mires atrás

El tiempo avanza para todos. El tiempo es el que hace que las heridas se curen o que cicatricen. Heridas que aunque parezca que se hayan sanado, pueden en cualquier momento volverse a abrir. Heridas que han costado mucho cerrar y que yo creía, que no volverían a intentar abrirse.

Todos pasamos por sucesos complicados, por momentos que quisiéramos no haber vivido o por situaciones que hemos tenido que experimentar y que al no depender de uno mismo, no quedaba otro remedio que vivir, sufrir y aprender a perdonar. Digo esto último porque es lo que, a veces hay que hacer para seguir adelante aún no estando de acuerdo con las decisiones de personas a las que quieres muchísimo.  
Cada uno ocupa un rol en la familia, cada uno debe desempeñar las conductas que se esperan y cuando eso no ocurre, cuando eso se trastoca y cuando tienen lugar temblores arquitectónicos que tocan los pilares del cariño y las expectativas, del futuro y del día a día, es cuando uno empieza a sentir cierto dolor por dentro. Y no se entiende igual ahora que años atrás. No se tiene, en mi caso, la misma madurez emocional que hace 12 años podía tener. Y no tengo la misma visión, ni tan siquiera hubiera reaccionado igual ahora que antes.

Y todo esto ha vuelto a salir y me ha hecho pensar, me ha hecho sacar recuerdos que antes estaban enterrados. Y todo porque aunque parezca mentira, las mismas historias que uno vive, pueden repetirse en otras personas. Lo peor es que se trata de personas demasiado cercanas, de personas que llevan mi sangre y cuya historia, aunque me cueste reconocer me toca bastante el corazón. 
Lo hace porque me veo reflejada y no sólo yo, en todo aquello que ahora mismo, ellos están viviendo. Lo hace porque los mismos sentimientos, emociones y sensaciones que otras personas experimentamos, allí también están sucediendo.

Hablamos de compromiso, de fidelidad y sobre todo de futuro. De no abandonar a las personas que uno quiere, de no tirar por la borda algo que ya se ha construido desde hace ya años… De no sentirse solo, de no querer desprenderse de muchas cosas que pueden ser una carga y que, se supone, que un día se construyó con una gran ilusión. Son vivencias, son decepciones y son mentiras que se van acumulando a lo largo del tiempo  y sobre todo, a personas con las que uno se casa, con las que uno tiene pensado pasar el resto de sus días y con las que se tienen hijos.

Reconozco que no podré volver a ser la misma con el sujeto que hoy está generando dolor porque hay cosas que en mi escala de valores no pueden entrar. Me duele el recordar algo que ahora mismo está sucediendo de forma similar. Me duele volver a sacar a la luz imágenes que tenía tapadas y que me ha costado mucho hacerlo por ser la persona que era y porque todo se supera pero no se olvida…

Y todo lo que está sucediendo me hace sentirme ausente y también esquiva si en un futuro tengo que volverme a encontrar con individuos que carecen de ética, de moral y que a los que, sobre todo, no tengo por qué aceptar ni tan siquiera perdonar nada porque, la diferencia está en que aunque su situación haya removido viejos recuerdos del pasado que se asemejan con su realidad actual, yo he perdonado a quien de verdad he querido y porque sobre todo soy parte de su sangre.  

Lo cierto, es que resulta complicado y mucho descubrir como poder hablar de esto… Resulta complejo mirar atrás y sorprenderse de cómo lo que uno vive puede ser algo que otras personas, en otro momento de su vida, vayan a experimentar. Porque lo cierto es que nadie se encuentra exento de que le puedan hacer daño y no pensar, que a uno ciertas cosas, no le van a suceder jamás porque muchas de nuestras vivencias no dependen de nosotros sino de las personas con las que compartimos nuestras vida y el dolor que nos puede producir los daños colaterales que otros hagan.

Sólo espero que esos recuerdos se vuelvan a enterrar y que nadie me pida que vea a esa persona que, hoy está haciendo daño a alguien, que la estime de la misma manera que hasta hace unos meses lo hacía porque, aunque quisiera no podría… Porque odio la mentira y el dolor que todo ello genera…  Porque admiro el compromiso y sobre todo, la verdad.


Por todo esto, no quiero seguir mirando atrás…


martes, 29 de abril de 2014

Por sus actos les conocerás

Muchas veces, es con el paso del tiempo, cuando vamos conociendo a las personas. Sabemos en nuestro entorno quienes son aquellas personas en las que podemos confiar, aquellas a las que sólo contamos parte de nuestra vida, aquellas con las que lo pasamos bien para salir o incluso, otras, que aunque nos decepcionen seguimos estando ahí. Personas, al fin y al cabo. Personas humanas con defectos y virtudes. Personas como también lo soy yo. 

He avanzado con respecto a muchas materias en mi vida, he madurado, he reflexionado sobre lo que quiero o no quiero y me he apartado de muchas personas. Ya fuera por motivos de la vida o porque cuando vamos observando vemos, a veces cosas, que no nos gustan. Pero aunque la vida no se desarrolle como uno quiere, es necesario aceptarla tal y como viene. Cada uno es dueño de su vida, cada uno actúa conforme a lo que de verdad quiere y sobre todo, cada uno vive la vida de una manera que puede no gustarle a los demás. Son formas de vivir, de progresar y con esfuerzo, de madurar.

No digo que yo haya sido ni muy buena ni muy mala, simplemente me he comportado cada día de mi vida como de verdad lo he sentido. He experimentado una gran sensación de emociones, algunas muy intensas y otras, un tanto superficiales pero sea como sea, las emociones hay que aprender a controlarlas y sobre todo cuando se trata de las negativas. La rabia, la ira o quizás, la venganza son algo que hay que saber gestionar. Yo reconozco que no soy capaz de sentir odio hacia nadie, independientemente del daño que me hayan podido hacer pero sí que es verdad que existen personas que no son capaces de superar esas emociones negativas.

Y digo todo esto, porque me siento un poco enfadada… Sí, enfadada porque, a veces pasan cosas, que vienen y te hacen recapacitar sobre la vida. Te hacen pensar sobre el sentido que tiene que alguien venga y por cuestiones que no voy a explotar aquí, decida pinchar dos ruedas con una navaja. Me hace recapacitar porque si así la persona que lo ha hecho se siente mejor para sacar o exteriorizar su rabia o similar… Bienvenido sea, pero considero que las formas no son las adecuadas para ciertas edades. Se supone que las personas vamos madurando, avanzando pero está visto que existen otras que se quedan ancladas en mundos paralelos. Se trata de un coche, sí… Se trata de unas ruedas pinchadas… sí… Pero detrás de eso, hay mucho más. Y lo cierto, es que no me siento mal ni me causa resquemor pero sí que me fastidia con respecto al ajetreo que supone.

Me gustaría poder expresarme mejor, me gustaría poder decir más sobre el asunto pero no lo haré… No lo haré porque no quiero y sobre todo, porque no hay que darle más importancia al tema. Pero si quien lo ha hecho pensaba que podría dolerme, tengo que decir que me causa indiferencia, no así con respecto al desembolso económico que supone pero sí con respecto al suceso en sí. 

Actualmente, me encuentro en un momento bastante pleno en el que tengo todo lo que necesito con respecto a mi faceta de felicidad e ilusión. Me siento a gusto con la vida que llevo, con las personas que están a mi alrededor, con la persona que me acompaña, con mi familia… Y aunque a veces he encontrado piedras en el camino, ya me he encargado yo de coger fuerza para apartarlas y seguir dicho camino. Y si esa misma piedra vuelve a salpicar, ya tengo un muro construido para que no pueda ni tan sólo arañarme por mucho que se empeñe...


martes, 15 de abril de 2014

Dejando que me lleve la corriente...

Cuando somos jóvenes tenemos ilusiones, ambiciones, expectativas y sobre todo, ganas de luchar y de esforzarnos. Cuando somos jóvenes nos comemos el mundo, podemos con todo lo que nos  venga, pero eso cuando somos jóvenes…  Pasan los años y creemos que no envejecemos. Pasan los años y creemos que la vida pasa lenta… Cumples 20 años y todavía no te paras a pensar en lo que te espera. 
El único cometido y objetivo es estudiar, aprobar para el día de mañana sentirte orgullosa por haber perdido el tiempo en algo que, a día de hoy, considero absurdo. Recuerdo como me lo decían algunas personas de mi alrededor. Recuerdo que me aconsejaban dejar los estudios porque no valían para nada. Recuerdo que yo plantaba cara y muy orgullosa seguía ahí, pensando que merecía la pena… Pensando que no perdía el tiempo y pensando que estaban equivocados. Por aquel entonces, yo creía en mí.

Sigues cumpliendo años… Sigues creciendo con tus ilusiones porque no has salido al mundo real. En cierto modo, estás entre algodones. Estudiando, sacándote un dinero bajo un estado perpetuo de becaria durante años y saliendo y entrando con las mismas personas. Ilusa en cierta manera porque sigo recordando aquello de “el día de mañana vivirás debajo de un puente” y yo me negaba… Empezaba a tener mis dudas pero seguía convencida de mis creencias. 
Era lo que yo quería y aún con ciertas carencias en ciertos niveles de comprensión, debido a que el entorno va cambiando, pero porque la vida avanza, llega un día en el que estás a punto de cumplir 30 años. Una edad cargada de falta de ilusión, de motivación y de angustia por el día de mañana.

Da igual que fueran 29 o 30 pero el hecho es que cuesta mucho entender las emociones que pasan por mi cabeza. Emociones de decepción conmigo misma, por sentirme anclada en muchos aspectos, por sentirme ahogada y no poder salir a la superficie para respirar. Me siento con 30 años y con las manos vacías. 
Siento como ha ido pasando el tiempo y he perdido la confianza en mí, he perdido la motivación por pensar que de verdad, el día de mañana tendré algo de lo que quiero o sueño. Mis 30 años son exactamente igual que mis 20 con la diferencia de que antes aún creía en mí porque no conocía la realidad.

Me siento sin nada, me siento aunque suene un poco duro, pesada… Me siento hasta mayor porque para mí el 18 de Abril no será algo bueno… He perdido muchas cosas por el camino y he llevado la contraria a personas, que ahora, me doy cuenta, que estaban en lo correcto. He perdido mi tiempo… Y tengo miedo de que nada vaya a cambiar… Me angustia el futuro porque no veo nada en él con respecto a una estabilidad laboral. Todos tenemos esperanza pero, ¿esperanza en qué? ¿En encontrar trabajos temporales? ¿En encontrar seguridad durante unos meses? ¿En encontrar trabajos que niñas de 18 años tendrían que estar haciendo? Aunque suene cruel, yo no había estudiado para esto… 

A mí no se me avisó de que tanto esfuerzo y tanta lucha y discusión con otras personas, daría como resultado lo que hoy tengo, que es nada. Quizá, para otras mujeres, su motivación sea ser madres o tener hijos, la mía no es esa…O al menos, ahora. La mía es poder mantenerme por mí misma y poder vivir sintiéndome plena en todas las esferas de mi vida.

Estoy hablando del tema laboral y de la carga emocional y el sentimiento que me genera. La vida de cada uno de nosotros está formada por diversas esferas. Algunas las tengo llenas pero otras no… Tengo una persona a mi lado que me brinda lo que necesito, tengo a mis padres, tengo amigos que me ayudan desinteresadamente pero en toda vida siempre hay cosas que afectan y que con el paso del tiempo, se hacen más pesadas.

El tiempo sigue avanzando y la falta de autoestima sigue estando patente. Intentas disimular que las cosas van mejor de lo que son en realidad. Tienes malos días en los que ves, que de nuevo, la angustia está al otro lado y prefiero callar ante los demás porque son temas que hacen que me ponga a llorar. Son temas que me afectan de tal manera que prefiero fingir que estoy bien antes de evidenciar que me aterra seguir dando tumbos y no saber, la mayoría de las veces, como encauzar mi vida. 

Mientras tanto, seguiré con mis trabajos peores o mejores, seguiré con mi sonrisa, con ese papel que muchas veces interpreto de que estoy mejor de lo que en realidad estoy. Seguiré dejando que me lleve la corriente…




jueves, 3 de abril de 2014

Cada día que pasa

Desde hace unos días tenía la intención de escribir de nuevo… Desde hace unos días quería hacerlo pero lo cierto, es que he esperado un poco hasta encontrarme mejor.

Hace una semana que me operaron de una hernia inguinal y la verdad es que, aunque pueda parecer que estoy bien o que voy haciendo progresos, mi paciencia con respecto a esta operación se está agotando. Mi aprensión hacia las heridas y notar como el tapón y la malla que llevo dentro me hace sentir acartonada junto con la insensibilidad de parte de mi ingle derecha debido al gran número de terminaciones nerviosas que pasan por ahí y que para introducir la malla han cortado, me hacen sentirme en estos momentos bastante intranquila. Pinchazos por dentro, imposibilidad de agacharme, andar de una manera lenta, no poder coger absolutamente nada de peso y menos aún conducir, me hacen sentirme, ahora mismo, bastante inútil. Es una forma de sentir… Cada día que pasa voy caminando un poco mejor pero me desespera que esto avance tan lento… Me cansa tener que pedir ayuda para cambiarme o no poder abrir la puerta de mi portal por lo dura que está y tener que solicitar que alguien, en este caso, mis padres, bajen y la abran.

Muchas veces pasan cosas que nos sirven para conocernos mejor. Y es por eso, por lo que en estos días he sido consciente de partes de mí que, de verdad, no atisbaba a adivinar. He podido darme cuenta de mi actitud ante situaciones que no soy capaz de controlar y con esto me refiero a las curas diarias… Cada día me mareo cuando veo esa herida con grapas que, la semana que viene, ya me quitarán. Cada vez que me quito esa gasa pegada a ambos lados de la herida y tiro del esparadrapo de papel empiezo a notar una sensación de angustia y no me puedo controlar. Veo eso… y me mareo. Y me lo provoco yo misma  porque la mente es demasiado poderosa. No puedo o más bien no quiero verlo… Ahora puedo admirar a esos cirujanos que son capaces de cortar y de hurgar dentro de las personas para sanarlas… Admiro su frialdad porque es algo que yo sería incapaz de hacer… Creí que no era así… Creí que esto lo iba a llevar mejor… Pero también tengo miedo de que en el lado opuesto salga otra hernia… También tengo que controlar el estreñimiento y ponerle fin y también echo de menos rozarme con mi dedo por la parte de la ingle derecha y sentir algo… Es una sensación tan rara…

Además, me miro al espejo y tengo todo el abdomen inflamado… Gases y otras cosas más… Y los días pasan y me gustaría que fueran más rápido. No me gusta estar así… No me gusta nada… Tengo muy poca paciencia para estas cosas…

Lo cierto, es que he de decir que ha sido mi primera operación. La primera vez que paso por algo de esto. Y si tuviera que destacar que es lo que ha sido lo peor lo tendría muy claro y eso fue el estar despierta durante la operación y oír a cada unas de las personas que allí estaban. Escuchar cuántos centímetros tenían que cortar… Opinar sobre la hernia… Exclamar sobre el colón o dar indicaciones sobre los puntos de sutura internos.

Los días pasan lentos… La simple risa, estornudos o tos me provocan unos pinchazos insoportables y el mundo sigue girando. El mundo no se para nadie. Agradezco enormemente a todas esas personas que se han preocupado o que han preguntado en algún momento por mí en todos estos días de atrás. Lo tengo muy en cuenta y es algo que llena. Las personas que han estado, bienvenidas han sido.
Seguiré con laxantes, analgésicos, fármacos para los gases y otras cosas más… Deseando de verdad, que dentro de poco pueda moverme de la forma en la que me gustaría… Deseando que los días avancen porque en otras esferas de mi vida tengo mucha paciencia, pero por lo que respecta en temas médicos, no tengo ninguna… 


Pero si algo bueno he sacado de esto, es que me ha permitido conocerme más a mi misma. Sé que puede resultar un tanto absurdo o irrisorio pero he sido y soy consciente de lo nerviosa que me he vuelto, del poder que tiene la mente para somatizar ciertos miedos y sobre todo, de valorar los pequeños movimientos que el cuerpo realiza cada día y de los cuales, muchas veces, no somos conscientes. Detalles mínimos que hacen que también veamos el mundo  de otra manera. 

Cuando pasan cosas así, cuando paramos nuestra vida y nuestro mundo con respecto al de los demás, somos capaces de observar la rapidez y las prisas con las que la mayoría de la gente se mueve… Prisas que hasta hace una semana yo también tenía pero las cuales he tenido que rebajar. Dar un pequeño parón y ver que hay muchas cosas que se escapan por querer ir tan rápido… Eso es algo que esta semana he podido aprender.