jueves, 26 de febrero de 2026

Cometí el error de cogerle cariño...

A medida que vamos cumpliendo años, se dice que debemos ser más fuertes porque las experiencias que hemos vivido nos han ido curtiendo en cierta manera pero más que eso, yo creo que aprendemos mejor a esconder el dolor y así parece, que el daño es menor de cara al entorno. Lo cierto, es que ya han pasado casi 4 años desde que todo cambió bruscamente, de la noche a la mañana, de tener seguridad y estabilidad a sentir el vacío del precipicio. Me sentí como si me tiraran al abismo sin ningún tipo de protección. Y es que hay experiencias que duelen pero otras, que lo hacen mucho más, por el error que hemos cometido y ese es el de sentir demasiado.

Desde ese día, voy recuperándome y sobreviviendo como puedo intentando no echar la vista atrás porque toda pérdida supone un duelo y yo perdí lo que más me protegía. Creo, sinceramente, que hasta que uno no lo vive, no tiene ni la menor idea de lo que puede suponer. Lo vemos desde fuera como algo sencillo y fácil pero cuando estamos dentro, la cosa cambia completamente porque todo depende del lado en el que te encuentres.

Cometí el error de cogerle cariño al lugar en el que trabajaba, a sus personas, a su entorno por pasar tantas horas allí… todo formaba ya parte de mí. Ese lugar era más que un trabajo y no voy a hablar de temas o ritmos laborales porque eso forma parte de la intimidad y discreción de la empresa pero sí del ambiente sociolaboral que en ese lugar se había creado. Y es que, en un principio, podemos tener unas ideas de cómo nos vamos a comportar o lo que vamos a dar con respecto al entorno y yo estaba segura que sólo iba a trabajar allí y no generar ningún tipo de vínculo o conexión con nadie pese a las referencias que, previamente, ya tenía. Pero poco a poco, aquellas personas con las que tenía tanto roces como confidencias, se fueron convirtiendo en amigos, en salidas fuera del trabajo, en celebraciones de cumpleaños, en viajes al extranjero, en comidas constantes y copas de fines de semana, en paños de lágrimas… Fueron siendo parte de mí, algo así como una especie de familia laboral que sin yo quererlo se había generado y pese a haberme prometido anteriormente, no mezclarme porque quería separar lo personal de lo laboral... Pero no fue posible porque gran parte de mi mundo se desarrollaba ahí. Esas personas fueron conocedores de mis estados de ánimo fluctuantes mientras contaba con una pareja, también secaron mis lágrimas una y otra vez cuando sucedían discusiones por él y con él por diversas causas y más aún, cuando se acabó y enfrió porque es imposible disimular de forma constante en un lugar en el que pasabas todo el día… Fueron ellos y ellas, los que me recuperaron. De la misma manera, que sus vidas eran compartidas, la mía también. Y eso generaba algo que no sabría como explicar pero era lo más parecido a la palabra felicidad.

Gracias a ese trabajo, pude independizarme e irme a Leganés y alejarme del barrio de toda la vida al que pensé que jamás volvería porque había dejado a mucha gente atrás. Pude conocer la ilusión de irme a vivir sola pese a contar con la presión de que mi deber era irme con mi pareja pero es que yo sinceramente, quería vivir mi libertad en el sentido de no salir de casa de mis padres para irme con un hombre. Necesitaba saber cómo era vivir sola. Y así fue… el dinero y el trabajo me cambiaron a nivel personal porque sin querer, los entornos y las personas con las que nos relacionamos nos influyen. Dejé de ser lo que era para convertirme en otra persona más segura, con libertad y sobre todo, con la capacidad suficiente para decidir que era lo que me aportaba y lo que me dañaba. Después, de mi independencia vinieron las discusiones constantes entre Leganés y San Fernando de Henares porque tenía muy claro que de Leganés no me iba a mover. Me negué una y otra vez a pagar un alquiler con otra persona, teniendo en mi caso, casa propia. Tengo que reconocer que los dos primeros años con él fueron increíbles donde mi mundo era San Fernando, pero los dos siguientes simplemente, me dejé llevar y los años que siguieron a éstos, ya fueron un cúmulo de situaciones que desembocaron en lo peor. 

En ese trabajo, aprendí demasiado y me transformé completamente. Llegué a tener grandes amistades de una calidad extraordinaria y a los que acudí, incluso, antes que a familiares, pero todos cambiamos y más aún cuando me convertí en madre porque dejé parte de mi esencia en el pasado y me volví más precavida, más mía y sobre todo, más cauta.

Y la verdad, es que nadie puede ser feliz eternamente y como tal, aparecieron los cambios en ese lugar al que yo estimaba tanto… La gente fue saliendo de allí poco a poco y tengo que reconocer que cogí miedo porque pensé que a mi también me podría tocar. El ambiente era diferente y quedaban cada vez menos de los de siempre, los veteranos y entraba personal más joven con los que, sinceramente, ni me esforzaba en conocer. Pasaron los meses hasta que también fui elegida para abandonar ese lugar, de repente, sin yo entender nada y sobre todo, sin previo aviso. Me sentí desolada, decepcionada, sola y con un miedo atroz al futuro. Miedo que me sigue acompañando pero que intento esconder porque es más fácil disimular que contar.

A partir de ese día, tuve que rehacer mis pensamientos y adaptarme a la nueva situación y sobre todo, tomé la decisión de no querer saber nada, de la mayoría, de los de allí, de todos ellos que tanto me aportaron y con lo que viví tantas experiencias en no recuerdo bien, pero casi 8 años. Me sentí dolida con el lugar al que estimaba, con sus jefes a los que tenía gran admiración y respeto a la vez. Me sentí decepcionada conmigo misma por tener ese sentimiento y por haber entrado a formar parte de ese círculo y juego de emociones hacia la empresa y su personal. Fui egoísta por haberme alejado de todas esas personas que compartieron más que momentos de trabajo conmigo porque, sin yo quererlo, los asociaba a la empresa. Algunos quedaron y otros como yo fueron elegidos para irse, pero para mí fue como una ruptura amorosa donde no puedes sanarte si sigues teniendo contacto con tu ex o con el entorno… y así me lo tomé. Necesitaba desconectar de aquel lugar y sus personas que tan feliz me habían hecho porque ahora, el mismo sitio que me había hecho soñar y me había permitido lograr lo que más quería me causaba un dolor profundo que no me dejaba avanzar.

Y han pasado ya casi 4 años de ese suceso y tengo que reconocer, que no ha sido fácil encauzar de nuevo la situación porque antes caminaba por una autopista de peaje completamente definida y ahora, por una carretera donde los baches y desviaciones están siempre presentes. Donde no sabes si un trabajo será mejor que otro, donde no sabes si te estás equivocando por escoger una opción u otra, donde no te fías ya de nadie, donde aguantas por inercia, donde no sabes cómo encajar las diversas preocupaciones...

Y es por eso, que mi mayor error fue cogerle cariño a algo que no tenía que haberlo hecho y de ahí el gran dolor que supuso el perder aquello. Pero en cierta manera, si generé emociones hacia ese lugar fue porque desde pequeña así me lo inculcaron, porque ese lugar también formó parte de mi infancia de forma indirecta. Porque perder un trabajo no es malo, ni debe ser dramático desde el sentido más estricto de la palabra pero el problema surge cuando hay sentimientos de por medio y siempre, me arrepentiré de haber sentido más de lo que tenía que haber sentido por ellos y por esa empresa, porque desde entonces, he tenido que amoldar todo mi mundo a la palabra que mejor la define; inestabilidad y esto es algo que sólo se puede conocer si estás al otro lado, si también te ha tocado o si, por desgracia, también como yo, lo estás viviendo...



jueves, 5 de febrero de 2026

Ella me pregunta “Y ese señor de ahí, ¿quién es?”

Aún recuerdo muchísimas cosas, tantas que muchas de ellas están plasmadas en cientos o más bien miles de fotografías que se van haciendo según uno va cumpliendo años. En la vida aparecen personas que van y vienen, eso es cierto, pero hay otras, que las conocemos desde un primer momento porque forman parte de la familia y porque siempre han estado. Uno no se plantea nada, sino simplemente que son familia y siempre permanecerán. Vas creciendo, haciendo partícipe a esa persona de todas aquellos acontecimientos importantes, de los logros y resultados más luchados porque te genera alegría y sobre todo porque tienes un sentimiento de cariño evidente por los años transcurridos a su lado.

Recuerdo ir a esa casa y quedarme atónita escuchando cómo tocabas esas piezas musicales en aquel increíble piano, ver tu desparpajo con la flauta travesera, con el saxofón, el órgano y con cualquier instrumento que se te pusiera por delante. Daba igual lo que fuera porque sabías tocarlos a la perfección y eso para mí, era y sigue siendo, un don. Aquella habitación llena de tanta música. Oír temas de Vivaldi, Bach… y también actuales, pero tengo que reconocer que lo que más me gustaba era “Para Elisa” y “Claro de Luna” de Beethoven. Era algo espectacular. Mientras, a veces, el resto estábamos en el salón y tú te podías pasar horas tocando sin importarte ni el tiempo ni el espacio.

Recuerdo ir a mi comunión, a mi confirmación o a mi graduación de fin de carrera. Ser mi padrino de bautizo y estar siempre presente en las vacaciones de una manera u otra y durante mi adolescencia, ser partícipe e informado de todo aquello que podía hacer porque estabas en Navafría verano tras verano junto a mis padres y yo acudir días sueltos o incluso, horas escasas. Recuerdo, la única vez en todos los años que te vi llorar ya no sé, realmente, si por mí o quizá, por cosas tuyas interiores. Allí, en el pueblo en mi habitación, subiste y me viste llorando porque no podía superar la reciente ruptura amorosa que había pasado justo unos meses antes con Victor, pareja que tenía desde hace años y que pensaba que sería el amor de mi vida. Me diste un abrazo y empezaste a llorar, diciéndome que no podías verme así. Yo tenía el corazón destrozado y 10 kilos menos en mi cuerpo y me quedé de piedra al ver en un hombre lágrimas, cosa que no debería haberme sorprendido a no ser que fuera porque jamás desde que tenía uso de razón, te había visto llorar.

Recuerdo tantísimas cosas… Tantos momentos… y todos ellos junto a la persona que también te acompañaba. Muchas veces pensamos por qué las cosas suceden o acaban como lo hacen. Muchas veces, retrocedemos en el tiempo porque de haber sabido muchas de ellas, no hubiéramos reaccionado igual… Los movimientos sísmicos en las parejas ocurren y eso es algo que no se puede negar pero creo, que el daño que dejamos en las personas con nuestros actos, esos sí que podemos manejarlos. Estuviste muchos años y formaste parte de la familia. Durante la infancia fuiste mi tío favorito y después, cuando fui creciendo hacías equipo con mi tía. Para mí, erais algo así como un todo y de repente, todo aquello que vivimos, lo que habías formado, el cariño que te tenía, tuvo que eliminarse de un día para otro, porque tú lo decidiste y así lo quisiste. Daños colaterales aparecieron con respecto a muchos familiares aparte de la gran persona afectada que es más que evidente.

Ahora, muchos años después, enseño fotos a mi hija de mi infancia, adolescencia y parte adulta y me doy cuenta que estás en todas ellas, pero en todas, ya sea en vacaciones de verano, de semana santa o de invierno en el pueblo, salidas a la playa, celebraciones de cumpleaños o bodas de diversos familiares, Navidades o Reyes, días de la madre… Ahí estás y es entonces cuando mi hija ya conociendo al resto de una forma u otra, me pregunta “¿y ese señor de ahí quién es?”

Y mi cabeza comienza a pensar y tengo dos opciones, decir que no eras nadie o decirle, que eras mi tío preferido porque de todos eras al que más y yo creo que, el único, al que veía, que formabas parte de la familia y que por eso, estabas siempre ahí. Porque había crecido contigo pero que la manera en la que te alejaste fue demasiado dolorosa para todos y también para mí, rompiendo con ello parte de mi pasado que no se entiende si decido borrarte de mis recuerdos...



miércoles, 24 de diciembre de 2025

Acabando otro año más...

Una vez más, llega la época del año donde sin querer haces una valoración de lo que ha sido, de lo que ha podido ser y lógicamente, de lo que no ha llegado a ser. Quizás, sea un momento más cargado de sensibilidad o de reflexión donde hechas la vista atrás y recuerdas muchas de las cosas que han sucedido y que desearías que no hubieran estado ahí. Otras, que no han tenido importancia y las que más, las que te gustaría cambiar.

Este año está acabando y hablaré aquí de todo y de nada, porque he vivido experiencias que me han cambiado, que me han hecho pensar en lo que quería o no quería, que me han hecho dudar de mi misma y hasta que me han abierto los ojos. Todos pasamos momentos mejores y peores pero lo cierto, es que eso que dicen que de los peores se aprende, deja mucho que desear. La vida de por sí, ya es complicada en muchos aspectos y son las personas que nos rodean las que nos hacen esa vida más fácil o más difícil. 

He llegado a una edad en la que no necesito cantidad sino calidad de los que están a mi lado. He perdido personas, sí, y tengo que reconocer que en algunos momentos, los he echado mucho pero mucho de menos pero no tendría sentido volver a saber de ellos o puede que sí, no lo sé, pero el miedo al rechazo hace que me bloquee en mis acciones de volver a reencontrarnos. Y los rencores y daños hacen que aunque pase el tiempo eso pueda influir de manera notable.

Me he llevado decepciones de otras personas cercanas porque somos humanos, es decir, no somos perfectos. Esperamos que alguien pueda ser de una manera determinada y generamos unas expectativas que cuando no se cumplen o surgen desvíos en lo esperado, es entonces cuando aparece dicha decepción bajo los criterios y valoraciones personales. Y las decepciones duelen y sobre todo cuando se trata de personas cercanas. Pero de la misma manera que nos decepcionan también yo misma, seguramente, he podido hacerlo según a quién se le pregunte porque todo depende del grado de unión que mantengas con alguien para que te puedan o pueda yo misma, decepcionar.

He soñado con cambiar muchas de las cosas que están pasando en ciertos aspectos y cuando digo eso, me estoy refiriendo a mejorar. En que algo por mínimo que sea, pueda avanzar y no sentir esa sensación de estancamiento o vacío en algunas esferas de mi vida. Quizá sea que cuando lo has vivido y lo has tenido, lo quieras de nuevo y eso hace que sea muy difícil adaptarse a las nuevas circunstancias. Que pasa el tiempo y, también, los años, y por mucho que haga, ya no depende tanto de mi y en el pasado, lo veía como algo ajeno pero hay cosas que nos pueden suceder a todos y nadie tiene la seguridad de que su vida sea hoy igual que mañana porque todo puede cambiar en segundos. De tener todo podemos pasar a nada. Y muchas de las personas que lo tienen todo, se quejan de esos “problemas” una y otra vez, mientras yo escucho y pienso ¿qué pasaría entonces si estuvieran en otra situación? Y no sólo ya eso, sino que quieren más y mientras yo vivo en el mundo ya de la resignación, otros lo hacen en el de la insatisfacción constante teniendo algo que yo, por supuesto, desearía. Pero pese a eso, he aprendido que lo que mejor puedo hacer es oír, ver y callar, porque simplemente, hay personas del entorno que no tienen la capacidad de empatizar y no ven más allá de su ombligo y sus circunstancias.

He dejado de hablar con personas que haciendo una valoración, realmente no me aportaban absolutamente nada. Mientras que, he ampliado mi círculo con otras de forma realmente casual, que sí que lo merecían. 

Pensando en el nuevo año que entra, pediría muchas cosas pero sé que no sucederá así... pero al menos me gustaría que fuera similar a este en lo que respecta en algunos aspectos como en las personas que me acompañan en mi trayectoria vital, ya que son ellos los que me escuchan, ayudan y aconsejan cuando me siento un poco perdida. Quiero que sigan estando como lo han estado desde hace ya muchos años atrás porque forman parte de mí y hacen que las preocupaciones que son muchas, cuando estoy con ellos se hagan menos pesadas o se hagan más pequeñas el tiempo que compartimos. Sé que los miedos y las inseguridades seguirán estando presentes porque nadie está exento de eso, pero hay épocas en las que, en mi caso, deciden salir al pensamiento con más asiduidad y son esos días en los que hay que ser más fuerte y eso desgasta tanto por fuera como por dentro.

No sé que pasará este año que entra porque sé que junio será un momento de inflexión en el que se producirá otro cambio pero lo que intento es no agobiarme porque quizá, las cosas puedan haber cambiado para entonces. No lo sé... Quiero creer que sí. Hasta entonces, seguiré mientras tanto buscando, escribiendo en el periódico digital, en el colegio y preparándome para las oposiciones, otro año más y esperando ya no sólo aprobar como en veces anteriores. Además, de otras muchas cosas que reservo y hace alusión a mi vida privada. 

Pero lo más importante que me ha aportado este año como en todos los anteriores, es el amor de mi hija que ya tiene 6 años. Ella me hace entender la vida de otra manera, más simple y sencilla. Bajo su percepción con soluciones fáciles y reflexiones que hacen que mi vida tenga otro sentido. Me ha enseñado el amor puro e incondicional y es la alegría constante que da significado a lo que soy. Y por ella, he cambiado, claro que sí… Me he vuelto más paciente, constante y sobre todo, comprensiva. Y la conexión y el amor que tengo por ella no lo tengo por nadie más. Un amor, que hasta no haberme convertido en madre, no sabía lo que era. Pero venga lo que venga al año que viene y sea como sea o cambien o no las cosas, lo más importante, es que nos tenemos la una a la otra y es que eso, puede con todo.







domingo, 15 de diciembre de 2024

Ya no creo tanto en el amor...

Todos cuando llegamos a cierta edad contamos con un determinado historial amoroso. Hemos vivido experiencias que nos habrán marcado y nos hayan hecho cambiar y otros casos que digamos que ya no los recordamos aunque en realidad sean que sí pero es que en caso de hacerlo, nos traerán a la mente momentos incómodos con demasiadas connotaciones negativas. Es más fácil evitarlo que hablar de ello.

Pero es que si por un momento nos pusiéramos a pensar… ¿cuántas personas han pasado por nuestra vida? O lo que es peor, ¿cuántas personas se han llevado algo de nosotros? Con cada persona con la que hemos estado le hemos dado una parte que ya no hemos podido recuperar. Algo que le habrá valido para cambiar, para transformar, para saber que es lo que quiere o no quiere. De la misma manera que nos habrá pasado a nosotros. Yo he llegado hasta aquí por las personas que me he ido encontrando. Mi forma de entender el amor ha ido evolucionando a lo largo de los años. Ese amor intenso, pasional y desinteresado de los inicios nada ha tenido que ver con lo que después ha ido viniendo. Son los hombres los que te van modelando poco a poco y por lo que una va cambiando, a veces, no sé si por complacer o por evitar que algo se rompiera. El caso es que puedo afirmar que muchas veces he actuado de una manera de la que ahora, si pudiera cambiar lo haría en el sentido de que creo, que en el amor hacen falta determinadas bases para que la cosa funcione o más bien para que siga estando presente.

Ya no creo en el amor incondicional, en ese amor que no hace daño, en el que cura, en el que reconforta. Creo que el amor son momentos de felicidad donde dos personas que pueden ser compatibles comparten experiencias de afinidad. Porque si nos ponemos a pensar, ¿qué es lo que hace que alguien te atraiga? ¿El físico, la simpatía, el humor? Creo más bien que cuando uno llega a una edad lo que importa es el interior, lo que esa persona te demuestra y que en las relaciones siempre existe uno que quiere más que otro y renuncia. Siempre he sido de aquellas chicas que me fijaba en la parte exterior, todo superficialidad, como por ejemplo en los ojos. Me encantaban los ojos claros, esos ojos que te miraban y parecía que te traspasaban, hasta que un día me dejaron de encantar… Sentía mayor predilección por chicos más altos por simplemente, la seguridad que parecían irradiar hasta que un día me fijé en alguien de mi misma altura. ¿Y por qué esos cambios? Porque lo de fuera con el tiempo no vale de nada, porque el interior es lo que tiene importancia. Y esto es algo de lo que te vas dando cuenta según avanzas. Que la caratula exterior no tiene que ir en consonancia con lo que uno lleva dentro.

Creo, realmente, que hoy existe muy pocos hombres que dediquen tiempo de calidad y que se embarquen en eso que se llama compromiso, en algo que implica constancia y seguridad emocional. Algo totalmente imprescindible para que las cosas duren. Estamos sumidos en una sociedad en la que, al igual que todo cambia, también lo hacen las relaciones personales. Donde estamos más acostumbrados a cambiar algo por otro producto que a arreglar aquello que ya tenemos. Estamos inmersos en ser modernos y probar de todo porque los demás lo hacen. Vivimos acorde a la imagen, a veces, de pareja ideal y nos sorprendemos cuando nos dicen que esa pareja ya no existe… y es que quizá, no era tan ideal como hacían ver. Estamos acostumbrados a que las personas más cercanas cambien de pareja cada cierto tiempo porque ya se cansaron de ellos.

No sé… creo que la concepción del amor como tal ha ido evolucionando hacia la satisfacción personal y que hay que ser muy valiente para enfocar una relación saliendo de todo lo que ahora llamamos convencional. La sociedad va cambiando y los años que voy cumpliendo me hacen ver las cosas de otra manera con respecto a algunos temas. No sé si se tratará porque la edad hace que tenga otra percepción o porque al convertirme en madre, he cambiado con respecto a ver de un modo determinado algunas cosas. De una forma u otra, el amor, al final, es cosa de dos, o en algunos casos de más integrantes debido a la modernidad de hoy en día, pero siempre nos hace cambiar queramos o no, aunque no nos demos cuenta, haya habido dolor o no, de por medio.


 

lunes, 9 de diciembre de 2024

Todo a su ritmo...

Resulta curioso cómo pasa el tiempo y la sensación que puedo experimentar… un año o más bien más de un año que hace que no escribo por aquí. Podría decir eso de que no he tenido tiempo, de que no estaba inspirada... que en cierta manera ha sido así, pero sería excusarme con algo demasiado típico porque si de verdad hubiera tenido algún interés habría sacado un hueco contando o reflexionando sobre aquellas cosas que me han ido sucediendo a lo largo de este año.

Creo que más bien ha sido un tiempo de reflexión porque he tenido que remodelar mi cabeza en muchos aspectos en lo que se refiere a temas de salud, de tomarme las cosas y sobre todo, de seguir adelante. Este año, ha sido diferente en lo que respecta a su evolución. He querido centrarme un poco más en mí escribiendo en un periódico digital y participando en un voluntariado de la Cruz Roja con niños de oncología. Sobre este último asunto, tengo que reconocer que me lo pensé mucho hasta decidirme por el tema del que se trataba pero al final me embarqué en ello y fue una gran decisión porque ellos sin saberlo me han enseñado tantas cosas… Creo firmemente que de las experiencias, valoramos y comparamos y la fortaleza que tienen esos niños no la tienen los adultos en cuestiones más sencillas. Nosotros que nos quejamos por todo, y en especial algunos adultos que a la mínima parece que se les va caer el mundo encima…

También tengo que destacar que este año he vuelto a mantener conversaciones con personas de mi pasado con las que creí que no volvería a hablar y no es que me resultara extraño porque si compartí momentos con ellos sería que teníamos algo que nos unió en aquellos tiempos. Me quedo con que todos hemos madurado lo suficiente para olvidar lo que pasó y ahora, poder hablar de vez en cuando, con cierta confianza aunque sin olvidar que ya todo es diferente porque nadie es el que era empezando por mí misma. Ya no queda nada de aquella chica que se comía el mundo, desafiante y segura de sí misma… Ahora es el mundo el que, muchas veces, me come a mi con cientos de inseguridades y miedos ante el futuro.

Sobre los sentimientos que he ido experimentando en este tiempo, creo que ha sido como siempre… decepciones de ciertas personas, algunas de ellas muy cercanas porque cometo el fallo una y otra vez de esperar lo mismo que yo estaría dispuesta a dar. Y da igual que piense que la vez próxima no lo haré y cambiaré, da completamente igual… porque pasará algo y ahí estaré aunque no reciba lo mismo a cambio. Y sé que cuando hago algo no tengo que esperar nada a cambio pero al menos un poco de comprensión y apoyo y cuando no lo recibes… duele.

También sobre cuestiones familiares, aquellas uniones que la sangre nos impone no son más que eso, sangre que compartimos pero que a efectos reales no influyen en la actitud y comportamientos. Muchas veces, las personas se muestran más cercanas con aquellos que no conocen o que conocen poco que con su propia familia, hablando de primos, tíos, sobrinos… Es decir, hablo de familia pero no sólo en el sentido estricto de la palabra sino abriendo más el concepto. Personas que deciden cortar lazos de forma tajante sin razón y sin que nadie se atreva a rebatir esa absurda decisión por el hecho de que algunos valen más que otros y los que estamos en una situación inferior ante la posición familiar que alguien ha impuesto, les da derecho para tratar, criticar y si fuera posible, machacar. Y esto, tengo que reconocer, me hace sentir muy mal porque considero que nadie es inferior a nadie ni debe imponer unas normas por el simple capricho de que sus decisiones son mejores que las de otros o en concreto de las mías. Pero será que una vez más, es a mí y a los míos a los que más nos duele mientras el resto sigue su vida sin que dedique ni un sólo minuto a reflexionar sobre el mal que están haciendo. Pero con esto, se evidencia al final, quién está y no está y esté, será quizá, uno de los temas de lo que hable expresando mi sentimiento real en otro momento.

Por lo demás, sé que podría incidir más en cuestiones personales como en otras ocasiones he hecho pero creo que poco a poco iré subiendo entradas como lo hacía antes, para desahogarme, para expresarme, para mostrar esa parte de mí que a pocos enseño pero que me sirve para sentirme un poco mejor después de escribirlas. Lo cierto, es que este año, también he cerrado una etapa que llevaba arrastrando, años atrás y que en cierta manera, no me dejaba seguir adelante.

Ahora ya puedo mirar la vida de otra manera y sentirme un poco más segura cuando se trata de asuntos relacionados con mi hija. Ella es mi motor de vida y por la que, muchas de las veces, cuando las cosas son difíciles, sigo adelante. Hace poco me tatué su nombre, cosa que quería haber hecho años atrás pero por temas de salud que influyen con el hecho del tatuaje, lo fui dejando hasta que ya por fin, he podido hacerlo.

Así pues, este año me ha servido para sentirme un poco más llena en cuestiones que tienen que ver con la forma de enfocar la vida. Sigo estudiando las oposiciones en los pocos tiempos libres con los que cuento pero con la tonta esperanza de que algo mejor pueda venir al año que viene y sobre todo, cuando de salud se refiere porque cuando no se tiene o se tienen problemas crónicos, uno ve de forma distinta el pasar de los días. Y con esto, espero que este 2024 se lleve los miedos, incertidumbres e inseguridades que han rondado por mi cabeza para dar paso a algo, en todo caso igual, pero no peor...




martes, 19 de septiembre de 2023

Mientras tanto, yo haré lo que pueda

Hace ya años que comencé a escribir en mi blog y si me preguntan el motivo, no fue más que por desahogo, por expulsar el malestar que por aquel entonces tenia en mi interior. La rabia, la decepción o la plasmación de las emociones mal gestionadas. De esto hace ya demasiado tiempo porque surgió a raíz de una ruptura amorosa. Todos hemos pasado por alguna pero la primera es siempre la que más duele y marca. Es la que cuesta superar... Y la única manera que encontré de calmarme fue a través de una líneas porque no es fácil abrirse a los demás y menos aún, encontrar a personas que estén dispuestas a escucharte. En aquel momento yo tuve la inmensa suerte de contar con alguien que me ayudó a salir de ese pozo en el que me hundí . Pero volviendo a lo anterior, me estaba refiriendo a eso de escuchar hoy en día, no hablo de oír porque oír sabemos todos, pero escuchar demasiada poca gente... Y es que de esa época apenas quedan entradas porque con el tiempo, las acabé borrando ya que no tenía sentido recordar todo aquello pasado el tiempo. Todo el mundo acaba olvidando y mi blog se creó con una intención pero fue evolucionando hacia otro lado completamente distinto.

Y es que, estamos rodeados de personas de las que creemos que conocemos su vida pero en realidad no es así, ¿acaso sabemos los miedos, los fracasos o las inseguridades de todos ellos? ¿Nos hemos parado por un instante a conversar e interesarnos de verdad por los problemas de los demás? Miro a mi alrededor y veo una sociedad deshumanizada donde cada vez existen menos valores. Donde ya no importa como se sienta el otro si yo me siento bien o lo que es peor, no importa nada de lo que le ocurra al otro si yo tengo todas mis necesidades cubiertas. Ya nadie se pone en los zapatos de nadie. Incluso a veces podía existir un poco más de educación en estos aspectos pero la pregunta es “¿para qué perder el tiempo”?

Cada vez van quedando menos personas que dediquen tiempo a escuchar a los otros y por desgracia, todos necesitamos ser escuchados en los momentos complicados, todos tenemos días malos o incluso, temporadas. Cuando somos jóvenes tenemos muchas formas de desconectar pero de repente, llega un día en el que te das cuenta que ya no queda nada de aquello, que los miedos de antes ya no son los de ahora. Te das cuenta que todo ha cambiado y no se trata de calificarlo de a mejor o a peor, sino que simplemente ha cambiado. Y uno mismo también, por supuesto.

Lo cierto, es que no es fácil hablar de sentimientos pero más difícil es reconocer que hay momentos en los que no todo nos va bien y que los días se hacen largos y hasta, a veces, tristes. Miras a tu alrededor y empiezas a pensar y a preguntarte… ¿por qué a otros sí y a mi no? Y es esa mala manía que tienen algunas cabezas de cuestionarse la existencia... como viene siendo la mía. Pero esto no lo hace todo el mundo, sino sólo aquellos que posiblemente, tengan la necesidad de hablar. Y es que he aprendido que cuando a uno le va bien no se cuestiona absolutamente nada porque lo tiene todo, porque su vida fluye pero cuando tienes carencias... eso no es así.

Te encuentras en una rueda en la que puedes correr, esforzarte e incluso, luchar pero cuando te quieres dar cuenta ves que el camino que estás haciendo siempre es circular. Puedes intentarlo, una y otra vez, pero siempre te encuentras con el mismo resultado. Y es ahí cuando empiezas a desconfiar en ti mismo, es ahí cuando empiezas a observar a todos aquellos que están alrededor. Unos sí y otros no. Hay personas en la misma situación que tú, por supuesto y cada uno tiene su manera de gestionarlo, otra cosa es que cuenten cómo se sienten de verdad porque tiene que existir alguien que sea capaz de escucharlos. Si no es así, al final, con el tiempo, uno se va callando y haciéndose pequeño.

La verdad es que podría hablar más claramente de todo esto, pero sin querer también he cambiado. Ya no soy aquella que escribía con el corazón en la mano, ahora pongo filtros porque tengo a alguien que me ha hecho cambiar. Ahora me resulta muy complicado hablar de mi misma, de mis miedos, de mis inseguridades y menos aún de mi ansiedad ante la rutina o de mis fracasos. 

Vas sumando experiencias y te das cuenta que algunas te han valido para aprender pero otras, para fracturarte un poco más. No es fácil vivir con seguridad. No es fácil creer en ti. No es fácil vivir sin miedos. No es fácil seguir adelante cuando no tienes el camino marcado. No es fácil buscar la salida del laberinto en el que algunos días te encuentras inmerso. Y cuesta, claro que cuesta lidiar con esos pensamientos autodestructivos que intentan infravalorarnos. Pero no se trata de uno mismo, sino de la situación. Se trata de poder encontrar el equilibrio en nuestra cabeza y no dejarnos llevar por los miedos porque de una forma u otra, todos los tenemos, lo que pasa es que esos miedos cuando las cosas van bien se quedan en segundo plano, pero cuando las cosas empiezan a empeorar o directamente, las cosas no van bien, vuelven a aparecer para ocupar el papel protagonista.

Y por supuesto que vale tener días malos y habrá personas que puedan gestionarlo mejor que otras pero lo cierto, es que aunque cueste hay que seguir andando a pesar de que las personas que estén alrededor cuenten con mejores posiciones en su carrera de la vida. Quizá su camino es más recto, quizá hayan tomado un atajo o pueda ser, que han contado con un brazo del que apoyarse o que directamente les han creado dicho camino. Los que no lo tenemos, no podemos hacer otra cosa más que seguir y permitirnos parar cuando estamos cansados de tantas curvas e impedimentos por el camino ante los que no nos queda más remedio que bordear y retomar la senda cuando nos sintamos preparados. 

Y quizá nos equivoquemos de camino, puede ser y es muy probable, pero es que no contamos con nadie que nos pueda guiar, lo único que podemos hacer es retroceder y escoger otro camino que pudiera llevar a otro lugar, ya no sé si mejor pero al menos no ceder de nuestro empeño en seguir andando e intentando no perder la esperanza de que algún día nos pueda ir como a aquellos que, incluso, se quejan y ansían por tener mejores vidas de las que ya tienen. Y es que todo varía según la perspectiva con la que midamos, comparemos y valoremos. 

Mientras tanto, yo seguiré hablando a través de estas líneas que me sirven como vía de escape. Mientras tanto, yo haré lo que pueda y aparentando que todo va mejor porque son pocas las personas que pueden y quieren escuchar.




domingo, 5 de marzo de 2023

Tenemos que olvidar para poder seguir adelante

 A veces las cosas suceden y no sabes el motivo. A veces se dan una serie de circunstancias que hace que algo que no tenía que ocurrir, de repente, se produzca. Y no entiendes como algo que no ha tenido lugar desde hace años, en un solo instante, suceda. Nos encontramos con personas con las que pensamos que ya jamás nos cruzaremos y recordamos sucesos del pasado… sucesos olvidados o más bien forzados a su entierro. Y eso dependiendo de quién se trate, duele.

Ir caminando tranquilamente por la calle mientras iba al colegio temprano a recoger a mi hija para llevarla al médico y escuchar una voz que decía mi nombre. Subir la cabeza y al ver a esa persona, quedarme blanca, sin entender por qué se atrevía a decir mi nombre o lo que es peor, porque no pasó de largo o directamente evitó el tener que hablar y vernos. De entre los millones de personas que somos en Madrid, jamás se me pasó por la cabeza poder encontrarme con esta persona y tratarme como si no hubiera pasado nada, como si los años no hubieran trascurrido y fuera un simple encuentro fortuito. Encontrarme allí, vulnerable ante todo lo ocurrido y no saber qué decir porque no sólo se corta de forma abrupta con alguien sino también con todo su entorno porque no era mi mundo, no era mi gente y no era mi sitio.

Y aparentemente di la imagen de fuerte pero tengo que reconocer que sólo quería salir de allí. Aquella conversación como las que teníamos años atrás… se me vinieron demasiadas cosas a la cabeza… y no sólo eso, sino que enlazas por ser quién es… una persona de su mundo, una persona que formó parte de mi mundo también durante una época o más bien, tengo que reconocer que fui yo la que dejé mi mundo para formar parte de él. Y se me vinieron tantas cosas a la cabeza que creí que ya no estaban… que no tenían que volver a resurgir.

No estoy hablando de echar de menos a nadie y menos a él porque nos hicimos tantísimo daño… no sé quién más de los dos o quizá sí que lo sepa pero prefiera callármelo por cuestiones legales.  Aquí estoy hablando de recordar todo aquello que di y dejé de dar, estoy hablando de frases y palabras que han vuelto a venir a mi cabeza una y otra vez. Frases que sé que hoy en día carecen de sentido, frases que surgieron a raíz de la situación, frases que aunque me ha costado mucho olvidar han vuelto sin querer. Y  estoy hablando de sucesos que parece como si los reviviera y que tengo la sensación de haber rebobinado algo que no tenía que estar pasando ahora mismo. Siento pena, mucha pena y me siento con miedo como el que sentí pero no tenía que ser así, sé que no tenía que ser así…

Y hay que recordar una cosa y es que sino hablo de algo eso no quiere decir que lo tenga olvidado. Simplemente se dejan en un cajón cerrado con llave, el cual nadie puede abrir pero un día sin esperarlo, aparece alguien de su entorno y sin proponérselo, probablemente, desliza hacia fuera ese cajón, saliendo demasiado dolor y mierda de él.

Me siento mal porque mi cabeza ha vuelto a sufrir sensaciones que no tendría que experimentar, tanto es así, que no suelo contar parte de la verdad de cómo me puedo sentir pero hace una semana sufrí un dolor que me incapacitó bastante en el cuello y cervicales acabando en urgencias  y aparte de sobre esfuerzos, muchísimo tuvo que ver ese encuentro. A nivel emocional, me destrozó por completo, tanto mentalmente como físicamente.

Y resulta asombroso como en unos minutos, mi cerebro puede traer al presente sucesos que pasaron en el pasado, situaciones que de no salir de ahí hubieran acabado conmigo. Y sólo estoy hablando de mis sensaciones, de mis sentimientos, de todo aquello que tengo que dejar claro, que no echo en falta ni para nada de menos, sólo que algo se quebró en aquel momento, algo que me rompió para siempre porque una ya no vuelve a ser la misma. Hay un antes y un después y fue una lucha constante por sobrevivir a mis propios pensamientos infundados por el contexto y repetirme una y otra vez que yo sí que podría salir adelante con todo lo que viniera, que la vida me daría más oportunidades queriéndome a mi y a mi entorno y que nadie me volvería a hacer sentirme tan vulnerable como en aquella época. Costó mucho y hasta me evadí del mundo porque no creía en mí, no era capaz de ver nada bueno en mí y  es que queramos o no, mucho tiene que ver quién nos acompaña en el camino.

Han sido días en los que me he bloqueado, en los que he tenido que volver a reestructurar mi cabeza para volver a enterrar esas sensaciones y sobre todo recuerdos nefastos porque no estaba preparada para que se creara una grieta en mi muro de contención. No estaba preparada para que algo tan nimio como fue encontrarme con alguien de su entorno generara en mi cierto dolor.

Pero los días pasan y cuando la veo a ella, todo ese dolor desaparece porque es ella la que ha vuelto a cerrar esa grieta y me recuerda constantemente lo importante que soy en su vida.

Y es que todos tenemos cosas que duelen y mucho pero que tenemos que olvidar para poder seguir adelante, para lidiar con las situaciones que la vida nos presenta aún con, a veces grietas que pueden volver a surgir por el camino... porque de nadie más que de nosotros y de los que de verdad nos quieren depende el querernos a nosotros mismos.