miércoles, 16 de diciembre de 2020

No quiero volver a sentir ese miedo

Este año ha sido diferente, demasiado diferente… Hay veces que estamos arriba y otras veces abajo. Hay momentos en los que creemos que podremos con todo y en cambio, otros, nos derrumbamos con nada, ya sea una mala palabra o una entonación diferente. Esto lo que hace ver es que no somos estables. Y no estoy afirmando que seamos inestables… No, porque no lo somos, sino que somos una mezcla de emociones que van y vienen y que no siempre tienen la misma nivelación. Si ya de por sí, en condiciones normales, pasa esto, la cosa se hace aún más intensa cuando ocurren sucesos que nos trastocan por completo. Pero lo que para mí es importante, para otra persona no tiene que serlo, o más bien no lo será.

Cada uno tenemos circunstancias diversas y cada persona dará un valor a una situación que nada tendrá que ver con la de otro porque tenemos vidas que difieren unas con otras. Y esto no quiere decir que una manera de afrontar una situación sea mejor que otra, sino que existen formas de vida y de sobrellevar las consecuencias emocionales.

Uno se cree que nada puede cambiar, que todo lo tiene controlado hasta que ocurre algo, de repente, que lo cambia absolutamente todo. De una seguridad inmensa podemos pasar en cuestión de segundos a un miedo atroz y estoy hablando de los que estamos alrededor de la persona que padece el cambio… por lo que para esa persona que lo está experimentando debe ser indescriptible. La salud, eso que valoramos cuando no lo tenemos o cuando está a punto de perderlo alguien muy cercano.

El hecho de pensar que puedes perder a alguien a quien quieres es horrible, es aterrador y saber los riesgos que puede tener, incluso, es aún mas devastador. Nos educan para ser fuertes, para aparentar pero cuando se trata de algo que duele, de algo que queremos… nos volvemos frágiles y fáciles de destruir.

Una noticia inesperada ante un suceso que se consideraba normal. Obligarle para que le vieran por si acaso… la edad no ayuda puesto que van saliendo algunos achaques. Pero hay que obligarle. No vale eso de “me encuentro mal y me voy a descansar” Y gracias a Dios o quién sea que exista ya, que no lo hizo, que no tomó esa decisión porque sino ahora mismo la realidad sería otra. Sería una maldita realidad en la que él estaría ausente.

Una llamada, un teléfono y unas palabras… Y de repente todo cambió… De repente el mundo se vino abajo. Se derrumbó. Ante el miedo, la incertidumbre, la desinformación… Y pierdes las formas. Te vuelves frágil como si de un jarrón de cristal se tratara y no atiendes a razones. Da igual lo que suceda porque ya todo lo demás te da igual. No sabes a quién acudir o sí… pero coges el teléfono y llamas a esa persona que sabes que necesitas. Y es curioso como el cerebro procesa la información centrándose en lo realmente importante. Y buscas quizá, comprensión en esa persona que sabes que va a estar. La eliges a ella porque sabes que va a responder, porque la consideras mucho más de lo que es, porque te ha visto llorar y pasarlo mal y porque tiene ese matiz de madre con esos consejos entonados de cariño. Pero de una forma u otra, desesperada llamas y encuentras respuesta. Hay personas que te calman, que te inspiran, que te dan paz… Tienen algo que las hace especiales porque forma parte de esa energía que desprenden.

Cuando las cosas surgen de repente, no se pueden planear y todo sale, no quiero decir que mal, pero peor de lo que podría salir si todo hubiera estado organizado. Ante sucesos dramáticos, reaccionamos de manera impulsiva, sin pensar, sólo nos dejamos guiar por instintos. Nos volvemos funcionales porque hay que actuar rápido.

Y temes por su vida, por no haber ido antes, por perderle, por cómo lo estará pasando si es que aún está con nosotros. Temes por tus propios pensamientos que surgen de forma abrupta y no puedes controlar. Quisieras parar de pensar pero no puedes… No puedes tampoco parar de llorar, de incluso, echarle de menos. Necesitas información porque el no tener nada de eso te genera aún más angustia y ansiedad. Y son momentos que revives en otras circunstancias… Los recuerdos olvidados vuelven a resurgir y eso hace que te sientas aún peor. No puedes controlar tu mente aunque lo intentas haciendo verdaderos esfuerzos.

Recuerdas otra vez, de nuevo… y te das cuenta que la vida cambia. Que los mayores miedos son que de repente, así, sin más, la vida se le termine. Que no haya nada más después de ese momento. Que no puedan hacer nada por él… Añadido al aguante personal y paciencia que tienes que tener con esas personas que están porque es lo que se espera pero que, en realidad, ni están ni van a estar. Siempre hacemos determinadas cosas por aquellos a los que queremos, incluso, en contra de nuestros propios principios… Nos convertimos en actores en un escenario complejo pero había que hacerlo y aparentar. No tenía ganas de hablar, no tenía ganas de contestar y menos aún de esperar algo…

Esos nervios que hacen que el corazón lata tan fuerte que parece que se vaya a salir de la boca… Esas miradas que denotan el miedo ante lo que un doctor pueda decir y encima peor aún si es con su propia jerga. Sólo quieres que todo haya ido bien, sólo quieres que tenga futuro vital y es ahí cuando entras a esa sala fría con un desconocido que te hablará y sabes que le tratará como uno más porque es su trabajo, ya no sabes si por vocación o porque el sueldo no está nada mal. Pero ya sea de una forma u otra, te intentas calmar ante los buenos presagios y quieres saber por qué… el motivo. Buscas razones que ahora mismo no pueden darte pero tú las quieres ya y ahora y sabes que no te debes comportar así, pero ya todo te da igual… Sólo quieres “vida”

Y es que sigues teniendo miedos, las horas próximas, la evolución, una llamada… y odias profundamente tener que ser tan intensa y emocional. Odias no ser más fuerte y derrumbarte a llorar constantemente porque el miedo te paraliza porque esto no estaba en los planes, porque nadie pensaba que a él le fuera a pasar y sobre todo porque se le pudo convencer para ir al hospital porque de lo contrario, sé que no estaría ahora mismo con nosotros, jugando con su nieta, con sus ganas de visitar Navafría y llevar comida a los gatos… Ahora mismo no estaría pensando en qué comer mañana o mirando cosas en la tableta… no estaría esperando a que terminara un partido de fútbol para decidir si quiere ver el resumen después en el caso de que gane el Madrid… no estaría aborreciendo ese lugar llamado Starbucks en el que no hay refrescos ni una cervecita… No se echaría sus siestas ni se pondría sus documentales… No se tomaría esas galletas de chocolate, ni sus horchatas…

Si lo hubiera dejado pasar como otras cosas en la vida… ahora la historia no sería la misma. Y es por eso, por lo que puedo decir que este año el mayor miedo que he tenido ha sido perderle a él, ha sido pensar que podría irse… Me he dado cuenta de lo frágiles que somos, de que la vida se puede ir de la noche a la mañana, de que no valoramos las cosas y el dinero sólo es un medio de vida… que no compartimos los sentimientos y no decimos los “te quiero” suficientes, que no hay momentos perfectos sólo momentos en los que nos sentimos plenos, que tenemos que vivir aún equivocándonos… que en esta vida todo vale mientras a nosotros nos haga felices porque de repente un día, sin previo aviso, todo se va…

Y no quiero volver a sentir ese miedo de poder perderle a él… de perder a mi padre.



 

 

 

jueves, 29 de octubre de 2020

Todo cambia para bien o para mal

Hay días complejos, días difíciles, días en los que sabemos que nos iremos a la cama y que a la mañana siguiente todo mejorará porque depende de uno mismo. Son situaciones que podemos controlar, que sabemos gestionar y a las que, al fin y al cabo, estamos acostumbrados. Es lógico tener días buenos y malos, es normal sentir un abanico de emociones a lo largo de la jornada vital pero a pesar de tener un mal día… la actitud es lo que hace que unos sientan la vida de una forma positiva y otros, negativa. La misma vida, el mismo momento…

Se supone que tenemos habilidades cognitivas para hacer frente a las diversas situaciones que se nos presentan. Que somos nosotros los que podemos gestionar las dificultades, que tenemos el apoyo de los que nos rodean para hacer más llevadero el momento… pero esto no siempre es así, no es cierto eso de que uno se podrá acostar y al día siguiente la situación cambiará o en su defecto, experimentará una pequeña mejoría. Hay veces que la vida se vuelve en contra de uno mismo. Que entra en un bucle constante del que parece que no existe salida.

Todo con el paso del tiempo se normaliza, se interioriza para tratar esos días malos y esas sensaciones como lógicas y hasta, en las nuevas generaciones como innatas. Me niego a resignarme que lo que nos espera son días llenos de altibajos donde hay veces que uno ve un haz de esperanza y otros, en los que los peores pensamientos de desesperanza rondan la cabeza. Para unos obsesivos, para otros, ilusos. Da igual porque habrá personas comprometidas, luchadoras y responsables pero también, existirán personas inconscientes y alocadas. 

Todas son parte de la sociedad. Una sociedad de la que, por desgracia, me avergüenzo. Una sociedad donde el individualismo impera por encima del bien común. Donde el "yo tengo más y llegaré más lejos que tú" para aparentar aunque luego en realidad no tenga para apenas llegar a fin de mes. Una sociedad donde los valores de superación y prepotencia están más presentes que los de humildad y sinceridad.

Una sociedad, que en estos meses ha sacado lo mejor pero también, lo peor de uno mismo. Y lo cierto, es que hasta que uno no se encuentra en una situación límite no sabe cómo va a reaccionar. Todos pensamos que las mayores desgracias son para los demás, que a nosotros nunca nos tocará porque tenemos algo que nos hace diferentes. Pero la realidad nos ha enseñado a entender, si se puede decir así, que nadie está exento de nada. Que las torres más altas también caen y que nada es para siempre, que nada de lo que hoy tengas puede ser que lo tengas también mañana.

Y es que cada uno de nosotros tomados de forma individual tenemos sensaciones, emociones y sentimientos diferentes. Pero cuando nos juntan y formamos parte de esa masa, al final nos volvemos uno. Y lo cierto, es que me gustaría tener una varita mágica con la que poder parar determinados pensamientos que surgen por mi cabeza. 

Hay veces que hay que ser muy fuerte para aguantar lo que llevamos y lo que nos queda. Hay días en los que la vida se convierte en un bucle de miedos constantes y que se retroalimenta con la desesperación de lo que otros te cuentan y donde, sin querer, te embarcas en un camino de pánico que a fin de cuentas, no te lleva a ningún lugar.

Y es, en esos momentos, donde hay que tener la cabeza fría, si es que uno puede hacerlo, para gestionar y controlar dichos pensamientos. Miedo, quizá al futuro. Temor al día de mañana. Incertidumbre ante el día a día.

Nos enseñaron de pequeños a tener ilusiones, expectativas y muchas inquietudes. Con el paso de los años, somos conscientes de la barbaridad de cuentos e historias imposibles que existen y que nos montamos en la cabeza. La realidad es la que luego nos pone en el lugar adecuado y muchas veces, incluso en situaciones en las que jamás nos veríamos inmersos. Pero la vida es así, la vida es seguir avanzando. Y como en todo camino, las suelas de los zapatos se desgastan y hay que, en ocasiones, parar un poco e incluso, cambiar de suelas para proseguir o lo que sería lo mismo, intentar adoptar actitudes que nos levanten la moral y el ánimo en esos días grises e intentar evitar que con el paso de las horas se conviertan en días negros.

Pero a pesar de todo, aunque uno piense que nada va a cambiar… cualquier cosa lo hace, ya sea para bien o para mal pero todo, absolutamente todo, se modifica. Y nuestro estado de ánimo también. Intentamos ser fuertes pero ya no sé si es hartazgo, desesperanza, fatiga o no sé cómo llamarlo pero es algo que está ahí y que ya nos ha cambiado a cada uno de nosotros. Ya no somos los mismos que éramos hace meses y esa transformación es ley de vida porque se trata de la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a las nuevas situaciones que se le presentan en la vida. Habrá personas que se resistan y otras, que se dejen llevar pero todas, independientemente de cómo se lo tomen, forman parte de la sociedad y como tal, deben aceptar y acatar la realidad en la que se encuentran.

No está siendo fácil resistir porque el mayor miedo que todos tenemos es perder aquello a lo que más queremos. Y aquí es cuando uno debe pensar qué supone eso para actuar con responsabilidad.

Que se nos olvida que la vida es un préstamo temporal. Algo que no va a volver jamás… Que lo vivido se convierte en recuerdo… Que lo experimentado en lección… Y que los daños emocionales no son más que vivencias para constatar que estamos aquí… Que nuestras acciones tienen consecuencias y nuestra libertad no acaba donde yo quiero que acabe... Que nadie es menos por respetar ni por mostrarse vulnerable… Que nadie tiene el derecho de humillar ni de menospreciar porque la vida misma puede hacer que todo se vuelva en contra en algún momento… Que todos tenemos miedos y quien lo niegue, miente… Que mentimos y mucho, por no mostrarnos tal y cómo somos… Que decimos que nos va mejor de lo que nos va para evitar preguntas incómodas… Que todo el mundo tiene problemas pero algunos saben esconderlos mejor que otros… Que siempre queremos lo que no tenemos y no por eso, somos envidiosos… Que criticamos y nos interesamos más por la vida de los demás para evadirnos de la nuestra… Que cuando estamos hartos de algo, tenemos la capacidad de desconectar y pasar a otro tema… Que todos hablamos, algunos sabiendo y otros, sólo opinando pero nos estamos comunicando… Que la vida es eso… Que formamos parte de una sociedad, a veces cruel, dañina y sin escrúpulos pero por otro lado también, resignada y dañada y quizá, es que muchos individuos de ese conjunto, se sientan ya perdidos.

De una forma u otra, está claro de que al igual que se han transformado los hábitos, también lo estamos haciendo nosotros, sino lo hemos hecho ya. 

Y es que lo que hace que nuestros pensamientos vuelvan a resurgir con esperanza es precisamente, pensar en aquello en lo que más queremos y yo tengo claro, a pesar de esos momentos o días de pensamientos grisáceos, que es lo que me impulsa cada día para seguir avanzando.

 


 

 

domingo, 19 de julio de 2020

Hay que ser muy fuerte

Cuando las cosas suceden es cuando nos damos cuenta de la realidad de todos aquellos que nos rodean. En nuestro entorno tenemos a personas buenas y menos buenas y es, en los verdaderos momentos, donde se puede llegar a conocer a todos ellos.

Por defecto, pensamos que en nuestro círculo sólo existen personas excepcionales y en consecuencia, nos incluimos a nosotros mismos. Somos capaces de juzgar siempre a los demás  pero no permitimos que nos juzguen otros. Somos capaces de criticar pero la cosa cambia cuando tienen que hablar de uno mismo. Actuamos con egoísmo pero nos creemos humildes y comprensivos. Y es que en la mayoría de los casos, tenemos una imagen que distorsiona con la que el resto tiene.

Cuántas experiencias habremos vivido que nos han marcado de un modo u otro, cuántas veces hemos querido cambiar algún acontecimiento que ha tenido consecuencias devastadoras o que, por decirlo de alguna manera, nos han hecho bastante daño. Si hubiéramos sabido lo que se venía encima, quizá al haber modificado ese instante, también seríamos ahora mismo, una persona con convicciones distintas. Todo lo que vivimos nos moldea pero sólo si nos toca en lo más hondo de nuestro ser, de lo contrario, sólo nos modificará el carácter durante un tiempo, el suficiente para olvidar el motivo por el que queríamos cambiar. Y es que la gente no cambia… la gente aparenta. Todos hemos conocido o tenido una pareja que ha prometido cambiar y a la que hemos dado mil oportunidades y si hemos tenido la paciencia suficiente para estar ahí, hemos comprobado que las palabras se las lleva el viento.

Somos seres sociales, personas que necesitamos de los demás para poder desarrollarnos. A veces nos gusta la soledad porque también necesitamos tener nuestro tiempo, pero todos tenemos ese grupo de personas que nos hacen la vida más fácil y que nos inspiran confianza por tratarse de la zona de confort. Cuando nos encontramos en un estadio de seguridad, la vida resulta sencilla y a pesar de no existir demasiados cambios y estar bajo la rutina, nos sentimos libres. Pero cuando nos privan de todo y nos imponen miedo… nos sentimos débiles y vulnerables… Y lo más importante, aparecen los miedos que se multiplican al pasar los días.

Los miedos son esos monstruos gigantes que se encuentran en nuestra cabeza y que generalmente, y bajo circunstancias normales somos capaces de controlarlos pero cuando la situación se desborda, los miedos también lo hacen. Las personas creen controlar sus vidas pero son los miedos en realidad los que hacen que la vida de una u otra persona sea como realmente es. Hay personas que tienen más miedos y otros menos. Cada uno valora su vida de forma diferente pero todos, por regla general, según la etapa en la que se encuentre tendrá unos miedos u otros, que podrá o no, compartir con sus iguales o que preferirá mantenerlos bajo techo. 

Y es que el miedo paraliza, te hace pensar, evolucionar y lo que es más importante, mantenerte en alerta, cosa que con el tiempo desgasta aún más. Y es por eso, que creo que todos en estos últimos meses hemos experimentado muchos miedos, incertidumbre y malestar.

Al salir de determinadas situaciones donde se nos ha privado de libertad, hemos intentado ser mejores personas pero lo cierto es que la realidad no ha sido así… Las malas personas siguen siendo igual de malas y todos nos hemos quedado como estábamos, ni más ni menos. Las lecciones de vida sólo nos han sido útiles para algunos de nosotros que hemos salido reforzados de determinadas situaciones.

Me sorprende a día de hoy, como el ser humano es capaz, a veces, de ser tan cruel y de demostrar tanto despotismo con su grupo de pares. No se trata ya de respeto sino de responsabilidad. Me sorprende cómo no pensamos en los demás, como tienen que existir leyes con sanciones para que algunos actúen como deben. Me asusta tener que haber perdido los nervios y recibir respuestas despreciables de otra persona mofándose de la situación vivida. Me da pena haber tenido que ver como el cansancio y el hartazgo pasa factura a esa parte de la población que ocupa puestos con el contacto directo con otros que piensan que esto que estamos viviendo es un juego. Me aterra la falta de valores y creencias. Me lastiman las actitudes que me afectan indirectamente a mi. Me dan pánico las nefastas maneras de gestionar las situaciones.

Me da, en definitiva, miedo, que el ser humano, evolucionado como dicen, haya perdido por el camino lo más importante que lo hacía especial y eso no es más que la preocupación desinteresada  por otro de su especie. Un interés donde la reciprocidad debería estar presente y donde deberíamos actuar como grupo y no de forma independiente. 

Quizá es que ya no quede nada de aquellos valores que cuando éramos pequeños nos daban en la escuela. Quizá es que cuando nos hacemos mayores y somos ya adultos, la palabra comprensión no tenga cabida más que para aquellos por lo que tenemos algún tipo de sentimientos y es que tiene también su lógica porque a día de hoy hay que ser muy fuerte para poder sobrevivir en esta jungla llamada sociedad. Y es que puede ser que no todos podamos aparentar ser tan fuertes en todo momento…


domingo, 29 de marzo de 2020

Ya no quedará nada


Yo creo que ninguno de nosotros podemos decir que hemos llevado una vida modélica. Siempre tenemos algo que hace que no seamos ejemplo de nada porque somos personas que nos dejamos llevar por las circunstancias y a veces, incluso, influenciados por los sentimientos que no siempre tienden a ser adecuados en según qué momentos. La  vida nos va enseñando que sí y que no. La vida es la que hace que tengamos que tomar decisiones tanto precipitadas como bien meditadas. No se trata de tomar el camino correcto, sino de tomar un camino y no siempre uno es conocedor del resultado, pero lo que está claro que si uno lo ha tomado es porque en su momento consideraba que era el que mejor papeletas presentaba.

La verdad es que siempre la he considerado una persona ajena porque nadie iba a sustituir su puesto, pero es que nadie me dijo que lo fuera a hacer. Pero así somos, muchísimas veces, crueles con los demás. No nos paramos a pensar en la felicidad de la otra persona, en el motivo que hace que alguien quiera estar con otro alguien. Juzgamos y después ya criticamos. Pero me doy cuenta ahora de que no es justo y no he sido justa, todo este tiempo atrás. La familia no es sólo de sangre, no son sólo unos apellidos ni tan siquiera una obligación de querer y de estar. La familia al final, son las personas que se van uniendo a lo largo del tiempo vital de cada uno de nosotros. Un hombre que rehace su vida con otra mujer, preciosa, eso sí, impecable donde las haya y también presumida. Se casa de nuevo tras un tiempo de luto demasiado corto por el fallecimiento de su mujer, la que hubiera sido mi abuela. Y nadie lo logra entender. Trece años de diferencia entre ellos y él con  hijos a sus espaldas… Somos injustos pero es que la rabia y la resignación de todavía no haber aceptado determinas vivencias es la responsable de que salgan a la luz emociones como el rechazo y el distanciamiento. Luego todo se perdona porque la sangre nos hace olvidar en momentos difíciles cómo tenemos que actuar. Todo se olvida… y las relaciones familiares hacen que fluyan y se la trate como a una más.

Todo quedó atrás pero los que estamos aquí lo sabemos y hemos sentido el dolor que supuso todo aquello. Esa mujer que un día lo fue todo para mi abuelo y que estuvo hasta el final de sus días… una mujer que no sé si la gustaban los niños porque siempre que me quedaba con ella me cuidaba su hermana Encarna. Una mujer que se mostraba arreglada, sonriente y muy cercana pero yo no sabía las horas que se tiraba para maquillarse. Una mujer que era diabética y que tenía algunas subidas y bajadas de azúcar lo que suponía estar pendiente de ella y que daba gracias a todos los que nos preocupábamos de ella pero yo no sabía si era una simple manera de agradecimiento. Una mujer que siempre se alegraba cuando fue más mayor y la visitaba en la residencia y me decía mil veces “te quiero” y yo no era capaz de responderla porque la verdad yo no sabía si tan siquiera la quería también porque no era mi abuela.

Una mujer que ha muerto presa del coronavirus, sola y triste en una residencia de ancianos y es ahora, cuando por desgracia, me doy cuenta de cuánto me he equivocado con ella. Que no era mi abuela, lo tenía bastante claro y que ella jamás hizo nada por quitarle el puesto a nadie pero es que quizá tampoco vi en ella ese cariño que yo necesitaba para sentirme apreciada. Que es ahora cuando soy consciente de que mis propios valores familiares se me han caído totalmente, que mi vida se ha trastocado con la situación personal en la que me hallo y que cuando alguien aparece para añadirse a tu vida, lo hace con el fin de mejorar pero no con el objetivo de sustituir a nadie. Todos tenemos un papel, un rol familiar y lo que importa es la felicidad que esa persona añada a tu vida, independientemente del momento. Es ahora, cuando soy consciente de ello…

Y me entristece pensar que ha muerto así, que su cuerpo se encuentra en el Palacio de Hielo con otros tantos…  no sé si identificados o no. Que no existirá una despedida, un adiós o un simple velatorio donde se pueda llorar por ella. Ya no habrá una próxima vez para verla en la residencia… Ya no quedarán llamadas telefónicas para poder hablar con ella, no habrá un mañana donde poder cogerla de la mano.

Y es ahora, cuando recuerdo como me contaba historias de mi abuelo cuando ella se quedó viuda de él… recuerdo las fotos que me enseñaba de mi abuelo y sus hijos y me comentaba de cuándo eran jóvenes… también canciones que me entonaba… me enseñaba escritos de mi abuelo y de cuando me quedaba en su casa y me dejaba poner siempre el canal que quería… recuerdo que jamás tenía un mal tono o una palabra inadecuada conmigo… que nunca se enfadaba y siempre me sonreía… que nunca la molestaba que fuera a verla y que daba igual cuando fuera porque ella estaba siempre preciosa. Recuerdo que siempre quería escucharme y bailar en su salón aquellos pasos de fin de curso que estaba ensayando, diciéndome siempre lo bien que lo hacía…

Recuerdo tantas cosas y es que es ahora, cuando me doy cuenta de que sí que la quería… a pesar de no ser mi abuela.




sábado, 21 de marzo de 2020

Si la vida me lo permite


Cuántas veces hemos pensado en el día de mañana? En las cosas que tenemos pendientes? En los amigos que hace tanto tiempo que no vemos? Nos agobiamos, nos ponemos metas, nos genera en algunos casos angustia porque no damos más de sí… e incluso, todo eso acaba pasando factura. 
Nos volvemos menos emocionales, más inmediatos porque es lo mejor, porque así somos como el resto… Porque no está bien destacar en aquellas esferas en las que uno puede demostrar vulnerabilidad. Uno tiene que aparentar ser fuerte y decidido aunque por dentro sea todo lo contrario.


Y de repente, llega un día en el que todo eso ya no cobra importancia, en el que tenemos tiempo para todo, para aburrirnos, para hablar con los nuestros y lo peor de todo… para pensar. Sí, para pensar porque creo realmente que la sociedad de hoy nos ha quitado la posibilidad de pensar y ahora es cuando, podemos reflexionar un poco sobre qué es lo que uno quiere o no quiere. 
Ahora es cuando, en mi caso, puedo contestar a la pregunta de sí he sido o soy feliz en la vida. Ahora, puedo entender más claramente muchas cosas que antes no lograba vislumbrar.


Mentiría si dijera que no tengo miedo… miedo a no poder volver a sonreír a los míos, a dar un beso o un abrazo, miedo a no reírme ante un chiste malo, miedo a no tomarme un café y quemarme en el primer sorbo, miedo a no leer un libro de  Elsa Punset,  Jorge Bucay o Albert Espinosa, miedo de no cenar en Vips, Foster o Ginos, miedo a no ver mi película de “La vida es bella” , miedo de no recuperar mis costumbres… pero también tengo miedo a no tener la posibilidad de equivocarme de nuevo, de cometer nuevos errores con personas, de perdonar y de pedir perdón. Miedo a no conocer a nuevas amistades que aparecerán en mi vida, a discutir con aquellos que ya están, a dar cabida a la incertidumbre de no saber en ocasiones qué hacer con mi vida. Miedo a no volver a sentir el amor, el desamor y el odio, de no intentar, de no darme por vencida, de sentir rabia, obsesión o falta de decisión. 
Miedo, al fin y al cabo, de no poder seguir viviendo y no cumplir más años.


Y podría confesar que en muchos momentos de mi vida he sentido ese miedo que te paraliza, que te derrumba. Todos lo hemos experimentado, lo hemos sentido, ya sea por el miedo a perder a un ser querido, a un amor, a un amigo e incluso a un desamor en algún que otro caso. Pero todos, absolutamente todos, sabemos lo que es. Y precisamente por eso, intento que las propias emociones no puedan conmigo y con los míos. 

Intentas ser racional, no dejarte llevar por esas asquerosas emociones que muchas veces me gustaría eliminar pero por mucho que lo intente, da igual porque no lo consigo. Cuántas veces hemos aparentado algo que no somos? Interpretamos un papel para que parezca que somos más fuertes de lo que realmente somos para luego cada uno en nuestras casas mostrarnos de verdad. Abatidos, decaídos, con la incertidumbre de no saber si habrá un día de mañana, con el miedo de que nos toque y rogando que salgamos de esto…


Y también es en situaciones límite cuando aprecias y valoras a los que son humildes, a los que dan y están, a los que tienen el mismo miedo que yo y lo comparten y entienden, a los que están día tras día y te devuelven la moral. Pero de la misma manera, también he visto como el egoísmo de algunos sale a la luz. He visto que algunos seres humanos hacen lo que sea para sobrevivir y se comportan como animales salvajes dejando de lado la empatía y sintiendo vergüenza de que hayan formado parte de mi círculo más cercano. Eso también lo he visto… Una vez más, como dijo Hobbes… El hombre es un lobo para el hombre.


Y es que ante esta situación, no podemos dejar de parar de pensar en todo aquello que hemos hecho o dejado de hacer pero lo que está claro, es que sí que hay que pensar en todo aquello que queremos hacer… porque si a día de hoy me preguntaran si he sido feliz y he vivido de verdad… Mi respuesta sería rotunda. Un sí. He vivido tal y como he querido siempre… que ha sido de forma intensa, equivocándome muchísimas veces pero no quedándome con la duda de que hubiera pasado, he hecho siempre todo aquello que me apetecía y emocionalmente he sido muy visceral. Me he derrumbado y me he estampado sin frenos ante una pared pero es que a eso, realmente, se le llama vivir. 


Y quiero que los míos lo puedan ver y yo seguir, si la vida me lo permite, haciéndolo.