domingo, 7 de abril de 2013

Para entenderlo hay que conocerlo.


Hay ocasiones en las que es necesario parar, hay momentos en los que se convierte en una obligación el detenerse de forma radical. Hay veces, que tenemos que hacer un alto en el camino para saber, quizá, que es lo que queremos de verdad. Tomamos decisiones todos los días… Cada vez que elegimos esto y no lo otro es porque de verdad lo queremos, pero cuando titubeamos, cuando sentimos la inseguridad en nuestro cuerpo o cuando simplemente, dudamos y esa duda, nos hace pensar y pensar y de nuevo, volver a pensar, es porque algo en nuestro interior se está revolcando. Un sinfín de pensamientos que surgen en los momentos de debilidad, pensamientos que no deberían resurgir y que, sin querer, nos hacen más débiles.

En todo este tiempo he sido partícipe de una noria de emociones, de sentimientos y sobre todo, de estados de ánimo. ¿Inestabilidad? Algunos lo llamarían así pero más bien creo que se denomina supervivencia en una sociedad en la que cuando nacemos nos insertan en ella. Una sociedad con sus normas, con sus valores y con esa adquisición de roles que nos arrastran y nos empujan a vivir de la manera que “debemos” vivir. Todo aquello que se aleja de la normalidad, de la alienación es lo que podría llamarse “poco común” pero vamos creciendo, nos vamos haciendo mayores y es entonces, cuando vemos que si esa presión o expectativas infundadas no se cumplen es cuando surge la maldita duda. La maldita inseguridad y sobre todo, el asqueroso vacío que por mucho que intentemos llenarlo, parece que ahora, nunca rebosa. Un vacío interno, un sentimiento de frustración… Sentirte anclada en algo que no avanza, que no cambia y sobre todo, que tampoco espero que en el futuro se vaya a modificar. Es mi sentimiento, mi idea, en definitiva, mi opinión. Hay que ser muy fuerte, hoy en día, para no caer, para no derrumbarte ante ciertas situaciones que no dependen de uno mismo… Situaciones que se acumulan con otras anteriores y que hacen que al final puedas caer, que te puedas derrumbar y lo peor de todo es darte cuenta que no tienes frenos para poder parar. Que me caigo y me levanto, siempre lo hago. Siempre… Me haya costado más o menos, siempre lo he acabado haciendo porque la mente es la que nos domina, es la que nos hace movernos o pararnos en nuestra vida. Es la mente la que nos controla y cuando caemos es necesario hacer un esfuerzo aunque sea sobrenatural para parar ciertos pensamientos que nos pueden llevar hasta el fondo del pozo.

Cambiaría muchas cosas de mi vida ahora mismo, si retrocediera en el tiempo, si pudiera irme unos años atrás, hubiera tomado otras decisiones para poder evitar, quizá, este sentimiento que permanece en mí de forma constante. Un sentimiento de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de vacío ante el futuro, ante lo que debería estar consiguiendo y por circunstancias vitales ni logro tocarlo, ni tan sólo olerlo. Pero no soy la única, hay muchas personas más… Demasiadas… Y hay veces que te entran ganas de no seguir, de decir “no puedo más” y de no saber tan siquiera qué hacer con tu vida. Y es sólo una vida… Una vida que pasa sin darnos cuenta, una vida en la que hay que disfrutar al máximo y eso es algo que yo siempre he hecho. He vivido y lo sigo haciendo con plena intensidad pero me da pánico pensar que no puedo traspasar ese techo de piedra que ahora mismo veo cuando alzo la vista y pienso en el futuro más próximo. Mientras tanto sigo viviendo y durante el trayecto me caigo, me hundo pero me levanto y tengo que reconocer, que me da miedo o más bien temor  volver a caer y no levantarme como hasta ahora lo llevo haciendo porque el sentimiento se va haciendo más pesado y porque el camino está lleno de desvíos en los que, de forma obligada,  paro y me oxigeno pero cuando vuelvo de nuevo al camino siempre encuentro alguna zanja que hace que me derrumbe.

 “No te rindas” me digo a mi misma todos los días. Y mi vacío no se llena, mi vacío se va haciendo un desierto en el que camine por donde camine no llego nunca a ningún lugar. Pero hay días en los que debo reconocer que no puedo más y esos son los peores, días en los que me paro, me detengo de forma exagerada y me doy un tiempo pero aun así, por dentro me digo “Hoy no es el día… pero puede serlo mañana” y de algún lugar saco esa fuerza para decir “Adelante” . Lo malo es el miedo de comprobar día tras día que esa motivación que ya debería estar satisfecha y que no es otra que mi prioridad, no lo está y que no depende ya ni de mi constancia sino de una sociedad que se desmorona y da lugar a un cúmulo de pensamientos desconfiados, desesperanzados y sobre todo, desesperados.

Porque para sentirlo hay que sufrirlo… Para entenderlo hay que vivirlo… Y para hablarlo hay que conocerlo…
 
 
 
 
 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Recordando...


A punto está de acabarse el año y con él, todos los momentos vividos… Todas las experiencias que me han servido para crecer y para madurar. Instantes que no se volverán a repetir. Pensamientos que quizá, ya puedan de una vez quedar atrás. Es obvio que todo nos afecta, nos limita, nos hace comportarnos de una manera u otra. Todo lo que nos envuelve nos va formando, nos va moldeando.
Lo cierto, es que este año no ha sido como me gustaría que hubiera sido. Quizá, me esperaba otra cosa, quizá no sabía lo que la vida me tenía preparado, pero de un modo u otro, me he dado cuenta que no debo rendirme y que los malos momentos deben pasar. Que espero con todas mis fuerzas que todo cambie y que encuentre un camino al que aferrarme, un destino que brille de una forma que me deslumbre y que camine hacia él. Todavía no lo tengo o es que, a lo mejor, no lo veo.
En Enero de estas fechas todo parecía ir bien y comenzaba el año con alguien que yo consideraba especial, en resumidas cuentas, me dejaba querer. Poco a poco todo se fue marchitando y eso hizo que a raíz de los trabajos que me salían y del desgaste de lo que estaba ocurriendo entre esa persona y yo, desembocara en un distanciamiento fugaz. A veces lo pienso y creo que fue lo mejor, creo que a veces, nos equivocamos con nuestras decisiones en el sentido de que estamos con personas simplemente porque las tenemos cerca o hasta hay veces, que debido a las circunstancias, nos dejamos querer o incluso, hasta llevar. No niego que no me doliera pero reconozco que en cierta manera, fue una liberación y hablo de esto porque forma parte de mi historia y de mi vida.
 Después, entré en una espiral en la que no veía salida por el tema laboral por la propia presión que yo misma ejercía. Todo eso hizo que a veces, perdiera un poco la esperanza en mí, que me dejara de ver útil y tenía que buscar una salida, algo que me diera un poco de vida. Y por eso fue pasando el verano, entre el pueblo y mis amigas. Siempre he dicho que el pueblo, para mí, es un lugar de desconexión, un lugar donde puedo respirar y donde no me ahogo. Un lugar que me inspira libertad y donde todo es natural. Un lugar que me renueva por dentro.
Y no es que haya centrado mi vida porque aún estoy dando tumbos de un lado a otro pero decidí hace unos meses, realizar un ciclo superior para, de esta manera, ocupar mi tiempo y no sólo ya eso, sino reavivar un poco la llama que se me ha apagado dentro con respecto a mi valía. Reconozco que es muy frustrante, a veces, sostener ciertas posturas y comportamientos porque hay días muy malos en los que no soy capaz de razonar a nivel general, de la situación, de estar siempre recibiendo un “no”, de escuchar “ya te llamaremos” o de no recibir ninguna respuesta. Y eso día tras día te va comiendo por dentro, te va minando la moral y lo que es peor, empieza a afectar al estado de ánimo. Nunca pensamos que lo que vemos en los demás nos puede pasar a nosotros. Siempre creemos que las malas situaciones son para los demás. Pero nadie está exento.
Día tras día empiezo a experimentar sensaciones que suben y bajan, los pensamientos surgen de nuevo y veo que los días pasan y pasan… Y vuelven a pasar… Y así una y otra vez. Y no es algo que sólo me ocurra a mí pero a veces, los que no están en una situación similar, no pueden entenderlo. Los trabajos van saliendo, sí, pero no del aspecto que me gustaría. No me cierro a nada pero todo acaba minando mi moral. No creo tan siquiera que el año que viene vaya a ser mejor… O sí, no lo sé… No sé ya si pensar que algo puede mejorar, no sé si dentro de unos meses podré releer esto y mirarme a mí misma mientras me río de lo que aquí escribo porque las cosas hayan podido ir mejor de lo que podría esperar.  Tengo miedo en el sentido de que empieza un nuevo año y a veces, no es mejor que el que dejas atrás, simplemente cambia con respecto a las personas que incluso te acompañan y están a tu lado. Personas que te forman y transforman, personas que motivan y desmotivan, personas que animan y desaniman, personas que te inspiran y desesperan… personas a fin de cuentas porque forman el entorno en el cual durante las diversas épocas del año me han acompañado en mi viaje vital.
A poco días de acabar el año, sólo deseo que el 2013 vaya un poco mejor que el anterior, que recupere mi confianza, eso que ya perdí por el camino debido a mi situación existencial. Y que todo esto sólo sea un mal sueño del que espero pronto despertarme y volver a reencontrarme porque no es nada fácil poder asimilar y seguir manteniendo la esperanza, una esperanza que según el día varía y la que espero que vuelva también a encontrar con las personas que me ayudan en mi caminar. Personas que a veces descuido, personas que se preocupan por mí y personas que este año he conocido y que forman parte ya de mi historia por las aportaciones que me brindan y que me hacen sacar lo que tengo dentro.
Sólo espero que los momentos malos y los que me han causado cierto dolor se queden en este año que está a punto de acabar. Que lo que he aprendido este año me sirva para recapacitar, para encauzar mi vida y sobre todo, para confiar en que todo puede ser mucho mejor y que todo lo que me pueda pasar, será para evolucionar y entenderme un poco más en esta época de mi vida que considero un tanto especial debido a mi sentimiento interno. Así pues, espero ansiosa todos esos momentos que aún están por llegar en el nuevo año, un año repleto de deseos, esperanzas y sobre todo, transformaciones.
 

domingo, 28 de octubre de 2012

No soy tan distinta.


Todos cambiamos, todos evolucionamos y lo más importante, todos nos transformamos. Pero al igual que lo hacemos cada uno de nosotros, también lo hace nuestra vida. Hay veces que uno se puede sentir perdido. Veces en las que parece que uno pierde el rumbo pero son simples sensaciones las que nos pueden hacer sentir así. Son momentos en los que parece que nada era como esperábamos. Instantes en los que reflexionamos, obervamos y aún mejor, afirmamos o negamos, que estamos actuando de la manera que cada uno de nosotros quiere.
Nunca las cosas pueden salir como uno espera, nunca nos paramos a pensar qué falla en cada uno o nunca uno entiende qué ocurre para que las historias se repitan. Historias que son siempre las mismas, historias que no cambian ni un milímetro pero lo que varía sí que son las personas. Esa es la gran variable. Somos personas que tenemos altibajos, que sentimos, que nos emocionamos, que nos alegramos, rabiamos o defraudamos. Personas a las cuales no se las puede controlar. Personas con sus buenos días y sus malos, personas que hablan, que dicen y que incluso, a veces sobran. Personas, simplemente, en su totalidad.
Nunca he pensado que yo misma tuviera, incluso, la capacidad de tomar ciertas decisiones o que volviera a caer en las mismas circunstancias. Nunca he sido capaz de ser consecuente con mis actos cuando de verdad he querido hacer algo. Me puedo tomar las cosas muy en serio pero luego cuando pierdo el interés, puedo mostrarme demasiado fría. Hay veces, que puedo pasar de sentir un tremendo cariño a una escalofriante indiferencia sustituyendo a unas personas por otras. Muchas veces, los que me rodean, me preguntan por qué adoro hacer fotos. No se trata de que me guste… se trata de que esos instantes que retrato siempre quedarán para mí. Instantes que aunque hayan pasado años, siempre recordaré esos detalles que plasmaban la imagen tomada. A veces, instantes que duelen y otras, que me hacen despertar lo más sincero e inocente que quedaba de mí en el pasado.

No sé si hago bien, no sé si es lo correcto. No lo sé... Dentro de poco acabará el año… Un año que comenzó con grandes ilusiones y expectativas, las cuales según avanzó el tiempo, fueron cambiando completamente. He tomado caminos que ni por asomo hubiera elegido hace años, pero aquí me veo, involucrándome en algo que no sé si merecerá tan siquiera la pena, pero que en cierta manera, llena mi tiempo de alegría, entusiasmo y felicidad. No me cierro a nada puesto que a estas alturas ya ni puedo elegir. Simplemente, me dejo llevar por la corriente. Una corriente que me arrastra, que me arrasa y que hace descubrir partes de mí que tenía olvidadas. Partes de inocencia y de valentía, mezcladas con un cierto matiz de despreocupación. Son los que nos rodean los que nos hacen ser como somos y en función, de las circunstancias, así nos comportamos o nos adaptamos.  E incluso, cambiamos. Pero lo cierto, es que lo más importante es emplear el verbo “vivir”.
Cada mañana me levanto con ganas de seguir siendo como soy, de seguir actuando como quiero y de comportarme de la manera que para que se entienda mejor, me de la gana. Porque si otros pueden, yo también. Vivo de la manera que me gusta, hago lo que quiero cuando quiero y sobre todo, estoy con aquellos que tienen algo que aportarme. Algo de lo que puedo aprender y  sobre todo, valorar. A día de hoy, tenemos la maldita manía de ver sólo lo malo de los demás, las cosas en las que hemos fallado o no hemos estado. Pero se nos olvida por completo, recordar esos instantes en los que sonreímos, nos alegramos, nos decimos algo que nos hace sentir mejores o cuando necesitamos la presencia de alguien. Hay que olvidar las amenazas de perder algo que queremos por el simple hecho de compartirlo de una manera sana, hay que dejar a un lado esos comederos de cabeza que destruyen por dentro, hay  que no pensar mal de que todo se hace por un objetivo, hay que simplemente, dejar de lado, esa parte de desconfianza que muchas personas, sacan a relucir cuando no deberían sacarlo porque no hay motivos.

Es complicado “aguantar” ciertos momentos que por obligación hay que llevar de la mejor manera posible. Es difícil no quejarse de determinadas situaciones que también por obligación tengo que vivir pero lo intento llevar de la mejor manera porque me niego a caer en la desesperación de un cúmulo de circunstancias que me hagan ver lo negro de ciertos momentos.  De cualquier manera, nadie puede negarme que no todos somos de hierro y que no hay veces, que uno cae o que tiene días peores.
Nadie puede decirme que su vida es perfecta y que no tiene miedo a nada. Nadie puede afirmarme que la vida es un camino de rosas. Nadie puede contarme que sus vivencias son totalmente equilibradas donde no hay lugar para la rabia, la desconfianza o la desgana. Nadie puede negarme, en definitiva, que lo que yo plasmo aquí, que lo que siento, no es tan diferente a lo que otros que me leen habéis sentido en algún momento de vuestra vida. Pero es más fácil hacer saber a todos que no tenemos fisuras en el caparazón que nos colocamos todos los días cuando nos levantamos, fingiendo muchas veces, que nos va mejor de lo que, en realidad, nos va.
Yo sólo aquí, me limito a quitarme ese escudo que de manera habitual, también me coloco la mayoría de los días. Un escudo que no deja lugar a descubrir nada de lo que aquí escribo. Pero por dentro, no soy tan distinta a lo que todos, absolutamente todos, hemos pensado en algún momento.
 
 
 

domingo, 9 de septiembre de 2012

En lágrimas de ayer


Hay veces en las que no nos salen las palabras correctas, las frases adecuadas. Hay veces que no somos conscientes de nuestro entorno, de nuestra familia, de lo que tenemos a nuestro alrededor. Nos limitamos a pensar que lo que a otros les sucede, a nosotros no nos va a pasar. Otros sufren, otros lloran, otros sienten dolor, pero siempre creemos que se trata de otros… Criticamos, herimos, fallamos y hasta inventamos. Pero siempre pensamos que a nosotros no nos va a tocar, que cada uno de nosotros somos especiales, únicos, y lo cierto, es que es con el tiempo, cuando aprendemos esto.
Creemos incluso, que el enemigo es alguien que está fuera de casa, pero cuando uno abre los ojos y ve y acepta que nada es lo que era, que nada queda ya de lo que yo creía que había, que no queda cariño, no queda amor, no queda comprensión. No queda nada… Sólo queda indignación y rabia.

Voy cumpliendo años y he perdido ya cualquier inocencia que me quedara por el camino. Me he apartado de aquellas personas que me herían y hasta he aprendido del dolor, del llanto y de la ira. He aprendido a dejar parte, incluso de mi bondad a un lado, para poder vivir en un mundo donde los valores brillan por su ausencia. En un mundo en el que o te haces fuerte o te pisan. Un mundo en el que tienes que aparentar ser lo que no eres porque siempre habrá alguien que critique, siempre habrá alguien a quien falles, siempre habrá alguien que sacará defectos. Siempre… Y lo que hago es apartarme, es cambiar. Me dicen a veces, que ya no soy la que era, que he cambiado, pero no… No he cambiado, sólo con las personas que no me aportan ningún tipo de cualidad.
Sigo siendo la misma para aquellos que me conocen, sigo siendo la misma que era hace años, sigo teniendo las mismas ilusiones y las mismas esperanzas pero ahora, con cuidado de que no me hagan daño porque todos vamos aprendiendo de las experiencias. De aquello que nos rodea.

Hay días en los que todo me pesa, en los que veo que quedan muy pocas personas que merezcan la pena. Pero las hay, las tengo… y son aquellas de las que me rodeo, de mis amigas y amigos con los que paso grandes momentos  y con los que vivo todo intensamente, de mi madre que aunque me duela me dice las verdades porque es el papel que tiene que hacer conmigo, de  mi padre que de una manera más seria siempre me ha enseñado a darme a valer y de algunos escasos familiares.

A día de hoy, dentro de la propia familia, con quién puedes contar? Me siento muy decepcionada conmigo misma porque veo mucho sufrimiento y he confiado en que algo de lo que sucede fuera a cambiar, pero voy viendo también que cuando alguien se decepciona es porque da cabida a una esperanza de cambio. Un cambio que no llega y que no va a llegar. Hay veces que me gustaría hablar con todas las palabras, decir las cosas claras como muchas veces, las hablo con mi madre. Muchas veces, puedo discutir con mi madre… Pero es porque actúa como madre, porque nos decimos las verdades, unas verdades que no puedo hablar por aquí.
Me decepciona hasta llevar el apellido García. Me decepciona formar parte, incluso, de un entramado familiar del que no quiero saber absolutamente nada. Me siento como si no formara parte de esa red. Van saliendo más y más cosas y una se va enterando de ciertas barbaridades, incluso, ocurridas en el pasado que ahora salen a la luz… El propio nombre de mi madre, Luisa, un maldito nombre que lleva implícito el daño y el veneno que hace que recuerde en cada momento la división familiar y el entramado de mentiras que han ido saliendo poco a poco a la luz. Mentiras de las que aquí no puedo hablar pero que me comen por dentro. Esa muerte fue el desencadenante de no sólo la destrucción familiar, sino de la verdadera cara de más de una, dos o tres personas que llevan el apellido García.

Intento centrarme, intento expresar lo que tengo por dentro, pero yo misma deseo no parecerme nada a lo que voy sabiendo y viendo. De nada vale decir “te quiero” cuando ya te han dado la puñalada. De nada vale pedir perdón cuando el daño sigue siendo constante y no hay intención ninguna de cambio. De nada vale decir que mis abuelos, han dado grandes valores a sus hijos, cuando veo lo que veo… Valores? Qué clase de valores? La envidia, la conspiración, la independencia y la indiferencia? Esos son los valores? Son esos? Porque lo único que veo es que el daño está siempre presente… Siempre.
Se supone que es la familia en la que se puede confiar, pero es muy duro entender que tu propia familia es la que más daño te puede llegar a hacer. Y eso es algo que cuesta asimilar. De qué vale reunirse en Navidades o en celebraciones familiares cuando luego, no tienes ningún tipo de relación con esas personas que dicen ser tu familia? No hay que aparentar, ya no hace falta a estas alturas. Ya no hace falta interesarse cuando por dentro, realmente, te importa poco o nada.

Todo va cambiando y la familia y sus integrantes también lo hacen… Lo malo es que a medida, que todos cambian, yo también lo hago y con ello, voy siendo consciente de que las lágrimas recorren las mejillas de lo que me hubiera gustado que no hubiera cambiado o que en su defecto, no salieran a la luz, los lobos que habitan en muchas de las personas que nos rodean. Lobos que han mantenido ocultos durante años y que en más de una ocasión, salen para defender su territorio.
Y es lo que me duele, haber creído en personas que no son lo que eran y que ya no volverán porque se han perdido en el camino. Siguen teniendo el mismo nombre, la misma apariencia y hasta la misma mirada, pero tras esas personas, ya no queda nada de bondad.  Para mí sólo quedan lágrimas de ayer.
 
 
 

domingo, 8 de julio de 2012

Dentro de mí queda algo que di.

No podemos parar el reloj biológico, no podemos parar el tiempo por mucho que quisiéramos y menos aún retroceder. Quizá, en algún momento hemos llegado a pensar que nuestra vida o nosotros mismos no somos cómo esperábamos ser. No somos tan siquiera la sombra de lo que en un pasado fuimos.

Recuerdos, esperanzas e incluso, expectativas. Todo ello envuelto en algo que se llama vida y la cual, avanza aún siendo conscientes de que en algunos momentos quisiéramos decir a esa vida “para un momento que necesito respirar”. Pero no, todo avanza y una cambia, no sé si para bien o para mal, pero cambia. Todo esto lo digo a causa de una frase que me dijeron hace tiempo, una frase que me ha servido para darme cuenta de lo que he cambiado, de lo que ya no soy y de lo que he perdido por el camino, algo que hoy me hubiera servido para ser más fuerte.

Esta vida está llena de incertidumbre, de insatisfacción y en muchas ocasiones, de fracasos. Pero lo pienso ahora, no hace 10 años atrás. Que ingenua era creyendo que me iba a comer el mundo… Recuerdo mi adolescencia tardía, recuerdo como creía en mí y como si me proponía algo era capaz de arrasar con todo, de cambiar lo que hiciera falta y de que nadie me pisara.
Creía en mis ideas y me daba igual lo que los demás pensaran, pero sobre todo creía en mí, tenía más fortaleza de lo que ahora tengo. No sé dónde se ha ido tal fuerza para dejar paso a una asquerosa sensibilidad que muchas veces me mata por dentro.
Hay gente que incluso hoy, me dice que ojalá tuviera esa fuerza de nuevo, que si la he tenido puedo recuperarla pero creo que la propia vida me ha enseñado a vivir de una manera más correcta. Antes no tenía preocupación por nadie, no me interesaba nada y no creí que nadie me pudiera hacer daño porque ya me encargaría yo de que así no fuera. No pensaba en nada, simplemente, en vivir.

Nadie podía hacerme creer nada que no fuera acorde a lo que yo quería, nadie me podía herir, pero ahora, avanzo 9 años y veo que ya nada queda de eso. Veo que sí, que sin querer empecé a preocuparme por los demás, a ser una idiota por dejarme llevar por los comentarios, a no creer en mí y a dejarme influenciar por los actos u opiniones de los demás, pero de personas equivocadas.  Muchas veces, siento que me ahogo, que todo puede conmigo y que tengo que creer un poco más en mí. Hay días que echo de menos a ciertas personas,  las cuales me conocen a la perfección y que desearía que las cosas hubieran salido de otra manera. Que estuvieran a mi lado y que lo saben todo de mí. Personas de las que no me olvido pero a las que recuerdo y a las que he incluido en un video que hace poco colgué en You Tube. Sobre todo de una persona en especial y ella sabe quién es, siempre ha estado ahí y sé que lo sigue estando aún en la distancia porque me lo ha hecho saber en muchas ocasiones, pero sé que por circunstancias de la vida cada una de nosotras debe seguir su camino, su vida y sus ambiciones.

No soy tan fuerte como quisiera… Ya no queda nada de ese pasado en el que me veía fuerte, con ganas y con ilusión de hacer frente a todo lo que me viniera. Dentro de mí, ya no sé qué queda, ya no sé ni que es lo que puedo dar y aún peor, no sé tan siquiera si algún día podré creer en mí de una manera firme y segura. Hay personas que me dicen que hay algo en mí especial, una alegría que emano por mis poros, una energía y me lo han dicho en muchas ocasiones, pero yo no soy capaz de verlo. Yo no soy capaz de entenderlo.
Intento aparentar ser fuerte, intento que los problemas que me rodean no me afecten más de lo necesario. Intento no pensar y en caso de hacerlo, buscar esa falta de valentía y de fortaleza que he perdido por el camino. Cierto es, que la propia vida me ha hecho más fuerte pero sólo en algunos aspectos.

Alguna que otra vez, he oído eso de “Violeta no necesita a nadie” y lo peor de todo es que quizá, sea cierto. He cambiado y antes era muy dependiente pero ahora, ya me he vuelto autónoma. No necesito depender de nadie y me ha costado y mucho pero creo que algunas cosas que he perdido por el camino han hecho que nazcan nuevas actitudes en mi interior.

Lo cierto, es que dentro de poco voy a visitar de nuevo Gandía. Un lugar que siempre me encantó y al que he decidido volver después de 9 años.  Un lugar al que vuelvo con mis padres, pero totalmente cambiada. Hacía 9 años que no iba allí y la última vez, tenía una gran fortaleza, ahora ya no sé si queda algo de aquella adolescente que creía que podría tener todo lo que se propusiera y que creía que la vida me iba a dar mejores sorpresas de las que desde hace ya años me lleva dando.




miércoles, 13 de junio de 2012

Lo que hoy yo no tengo.

Es curioso como las personas tenemos ciertos temas de los que evitamos hablar. Temas que nos tocan, quizá, la fibra. Temas que son mejor no sacarlos o temas que nos pueden herir con tan sólo recordarlos. Todo tiene su parte buena y mala y lo cierto, es que no me gusta nada hablar de algo de lo que, en el fondo, no estoy preparada para expresar aquí. Pero todo ello, viene a causa de este fin de semana.

Ha sido algo rápido, como un sueño que no me ha dado tiempo a asimilar por la rapidez de los acontecimientos. Y todos maravillosos. No me quejo de nada de lo que he vivido pero sí, que en parte, después de ver, ciertas actitudes o gestos, a una le entra la melancolía o cierta envidia sana.  Me alegro por aquellas personas a las que les va bien y ver a todo el mundo rodeado de su pareja, pero sí que es verdad, que a veces me pregunto por qué yo no tengo tanta suerte… No sé, una intenta pensar que no necesita a nadie a su lado pero la realidad no es esa. La realidad es muy distinta de lo que uno imagina y sin querer, sucede a veces, que por circunstancias y por el ambiente, pues piensas y también, te preguntas… Melancolía? No lo sé… Quizá, lo llamara necesidad.

Vives y sientes al máximo y también te entregas. Pero llega un momento en el que te cansas de lo que hay, llega un momento en el que ya no puedes más y decides cerrar un corazón que yo decido que no vuelva a sentir porque yo me creo dueña de él, pero no… no se puede evitar, no se puede matar a un corazón que ya ha vivido en el pasado… Y observa y ve a una pareja de enamorados recién casados que son felices y sobre todo él. Un marido nervioso antes de entrar a la iglesia. Una novia que se retrasa y que cuando llega al altar, la coge de la mano y la recibe con un beso. Un novio que no para de dar muestras de cariño a su futura mujer. Una complicidad cada vez que se miraban… Durante el banquete unas palabras de amor hacía su enamorada… Lo cierto, es que cuando estaban en el altar, hubo un momento en el que me emocioné. Un momento en el que me alegré por ellos pero me entristecía por mí… Estaba contenta porque ellos se juntaran pero también sentía cómo mi corazón seguía latiendo y tenía esperanza por encontrar a alguien así, alguien que algún día me pudiera querer como ese novio que recibía emocionado y nervioso a su novia. En definitiva, alguien que creara una felicidad que sólo el amor puede generar.

Allí, me alejé de todos los agobios de Madrid, de todos los problemas y de todo lo que siguió estando cuando volví de nuevo. Estaba en Altea, disfrutando de la playa, del mar y de la familia.

Todos nos creemos fuertes y a veces, negamos que necesitemos a alguien cerca… A veces, decimos que estamos cansadas de encontrar a príncipes que acaban siendo ranas, pero no sé… este fin de semana me ha hecho pensar y recapacitar muchas de las cosas que tengo en mi cabeza. Cosas que no voy a compartir aquí porque son experiencias personales y de mi vida y de las cuales, no pido opiniones. Pero sí, que es cierto, que una se plantea qué falla hoy en día y qué clase de hombres pululan por los alrededores… Hace tiempo que me prometí a mí misma que sólo me enredaría con alguien que me demostrara su interior y su preocupación, alguien que tuviera valores firmes que me recordaran el significado del compromiso. Porque de nada sirve tener a alguien sino es capaz de actuar conforme a las palabras. No es que sea tradicional, para nada, pero sí que es verdad, que tampoco me gusta la clase de hombres modernos que hoy en día rondan por la sociedad. Hombres que ya han pasado por tantas manos y que se enorgullecen de contar con un gran cúmulo de parejas en el pasado. Hombres superficiales que se creen que el cuerpo y el exterior lo es todo. Hombres que no tiene la capacidad de compartir y de mostrarse cómo son en realidad… En definitiva, quedan muy pocos hombres que sean contrarios a lo que acabo de relatar. Y eso es lo que yo quiero, hasta entonces, creo que le recordaré a mi corazón las desastrosas situaciones anteriores para que no sienta nostalgia porque de esa forma, sabrá entender qué es lo que no quiero.

Pero tras este fin de semana, me he sentido un poco más sola de lo habitual porque, quizá, mi corazón sentía añoranza por algo que yo no puedo darle y eso es confiar en alguien que me aporte lo que necesito…

Cuántas veces he oído eso de “si no tienes novio es porque no quieres” o lo de “tú puedes tener al chico que quieras” Y digo yo, para nada… Sino tengo novio es porque no me gusta lo que hay y tampoco puedo tener al chico que quiero, tampoco…  Cierto es, que sino quieres a nadie, te da igual estar con uno o con otro, pero ese no es mi caso.
Cuántas veces hemos dicho o nos han dicho la frase “te quiero” y por desgracia, a día de hoy, es una palabra que se dice tan libremente como un “Hola”. No lleva nada detrás y aún habiendo perdido el significado real o inicial se sigue diciendo. Querer no es tener cariño a alguien, querer no es acordarte de alguien, querer no es necesitar a alguien, querer no es aguantar a alguien, querer no es ser infeliz, querer es mucho más… Es una palabra que se ajusta a cada uno pero querer es un sentimiento tan profundo que te hace dar lo mejor de uno mismo. En definitiva, lo que hoy yo no tengo y cuya reflexión tras una unión de enamorados, me ha hecho pensar en ello.

Antes siempre solía decir que es lo que no quiero… Pero a medida que van pasando los años y vas pasando por experiencias voy modelando a la perfección que es lo que quiero. Quizá sea un poco ilusa, pudiera ser, porque al corazón no se le puede apagar pero de una manera o de otra, siempre acabo pensando en ¿por qué los demás y no yo? Siempre…



domingo, 3 de junio de 2012

Pero ya todo cambió...

Los acontecimientos suceden en la vida, a veces, porque nosotros queremos y otras, porque son los demás, los que los propician. Hay situaciones que no podemos controlar y sin querer, sucede algo que, si estuviera en nuestra mano, no se desencadenarían de la forma en lo que lo están haciendo.
Nos cuentan cómo deberían ser las cosas y siempre tenemos la esperanza de que las personas que nos rodean no se dejen llevar por los instintos más básicos perdiendo racionalidad alguna.
Nuestra familia, nuestro entorno, nuestros amigos, parejas y conocidos están a nuestro alrededor y puede que no seamos conscientes de la influencia que ejercen sobre nosotros pero en situaciones límite sí que lo hacen.

A lo largo de la vida vemos cómo los que nos rodean cambian y es más, nosotros mismos también lo hacemos. Quizá no seamos conscientes de que lo hacemos pero no sólo se trata de los demás. Evolucionamos y vamos creciendo interiormente y sobre todo, mentalmente. Nuestras acciones, nuestras formas, nuestras palabras tienen efecto, más en los que nos rodean y menos a los que no importamos, pero generan algo en alguien.

Digo todo esto, porque de un tiempo a esta parte han ocurrido muchas cosas en mi entorno. Han sido meses que han derivado en un distanciamiento, en una lejanía que no es voluntaria, sino forzada. Cosas que la verdad, no me gustaría que hubieran sucedido. No quiero dar nombres y menos aún puedo porque se trata de alguien muy pero que muy cercano. Tampoco quiero contar nada de la historia porque no quiero tan siquiera recordarla.

Me da mucha pena el comportamiento que está teniendo y más aún, por el cariño que a esa persona le tengo. Me da rabia el que no haya sido capaz de ver más allá que con la obsesión y los instintos dejando a un lado todo lo que ha logrado labrar durante el camino.
Siento tristeza al saber que ya nada va a ser lo que era y decepción por alejar a personas que darían lo que fuera si dijera ven. Siempre he pensado que era de una fibra especial, una fibra luchadora y que tenía una fuerte relación con mi madre. He nacido a su lado y he visto y sabido demasiadas cosas de su vida, cosas que para nada han interferido en mi visión.
Siento desilusión por ser consciente de la transformación que una pareja puede hacer en una persona y su entorno. Siento lástima porque no es capaz de ya luchar por su familia, por su sangre y menos aún, por el cariño.

Es una persona, a la que siempre he apreciado y en cierta manera, la que ha estado ahí en los momentos en los que tenía que estar. Envidiaba aquellos valores y esas buenas acciones en las que se movía, pero ahora mismo, no sé si es algo que nos hacía creer a todos o que simplemente, era una mentira. No sé si todavía queda algo de aquello de lo que fue. Aquella persona humilde, honesta, sincera, valiente, sensible y sobre todo, fiel. No sé si queda algo… Tampoco sé si algún día será capaz de cambiar y de darse cuenta de lo que está perdiendo… Siempre pensamos que aquellas personas que se alejan, siempre se arrepentirán pero no sé si lo hacemos por la esperanza de que vuelvan. No lo sé… Quizá, es que uno no está preparado para aceptar que se puede cambiar tanto y que sus razones son más que suficientes para tomar tales decisiones.

Aunque muchas veces, no diga nada o me pronuncie con demasiada sensibilidad en el tema hacia mi madre, en el fondo me duele todo esto. Me duele ver las maneras, las formas, los tonos, las barbaridades que al fin y al cabo tengo que oír… Me duele ver también creer que mi madre, aunque no lo diga, desee que cambie, que vuelva a su estado original, que vuelva a ser esa persona que ella conoce desde siempre. Forma parte de ella y era algo especial, una persona a la que mi madre me enseñó a querer por lo que era y no por lo que tenía…

Una persona de la que me contaba sus logros, sus hazañas y sobre todo su trayectoria en la vida. Una persona que estará ausente ya en muchos momentos de este año… Una persona a la que, echaré de menos, una persona a la que quiero y a la que ni siquiera la puedo recordar lo qué vale y que si de verdad tuviera algo de corazón, podría cambiar todo… Porque está en su mano. Una persona con la que recuerdo innumerables momentos, una persona que ha me ha visto llorar desconsoladamente por amor, que ha sido partícipe de mis logros académicos, que ha compartido veranos en un mismo hogar, que ha celebrado momentos familiares, que me ha visto crecer desde siempre y a la que, en resumidas cuentas, ocupaba un lugar ejemplar y especial para mí pero todo cambió…

Si yo pudiera, recordaría a aquella persona lo que fue, lo que luchó en la vida y la importancia que tiene valorar a los demás  por lo que son y no por lo que tienen. A esa persona le diría que se diera cuenta de lo que ha perdido y si ahora, de verdad y con la mano en el corazón, es verdaderamente feliz, porque por dejarse llevar por sus instintos irracionales está perdiendo algo muy importante que es el calor de una familia.

Si me dejara, diría a esa persona que la vida es muy corta y que no hay necesidad de elegir a nadie sino de vivir en armonía. Nada hay que nos haga eternamente felices, nada… Tan siquiera el dinero, pero cuando uno mismo no se da cuenta de ello, es necesario a veces, dejarse ayudar sin desconfiar. Hay veces que en momentos difíciles hace falta alguien que nos recuerde quiénes hemos sido y quizá, todavía seamos, para no caer en caminos llenos de fango que nos ensucien.
Hay veces que necesitamos de otros para limpiarnos y ver que el fango es realmente donde nos hemos metido y no lo que hay fuera… es lo que yo diría pero, por desgracia,  ya todo cambió.