miércoles, 27 de noviembre de 2013

El tiempo que se acerca...

Es con el paso del tiempo cuando podemos valorar o quizá, recordar aquellos momentos del pasado con determinadas personas que, por circunstancias de la vida, no se volverán a repetir. Es con el paso de los años cuando uno es consciente de la realidad que ha vivido, de lo que ha experimentado y mejor aún, de la emoción interior que esos instantes le hicieron sentir. Es con el paso de los días cuando uno entiende, comprende y asimila que las vivencias del pasado y las personas que lo rodearon van cambiando, van evolucionando y van sucediendo experiencias que hacen que ya nadie sea el que fue
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Se acerca la Navidad, los momentos familiares y los buenos propósitos. Se acerca un tiempo en el que antes todo era de otra manera. Se acerca una fecha donde sólo puedo hablar de “incertidumbre”. Una palabra que refleja mi sentimiento interior, una palabra que años atrás no era así. Hablo de melancolía, de añoranza y aún peor, de ilusión. Una ilusión que todavía queda en mí, una ilusión que hace que desee que algún día las cosas puedan volver a ser lo que eran. Una ilusión por reencontrarme en esos días con personas que llevan mi misma sangre y que, no sé por qué razón tan fuerte o más bien quiero creer que no la sé,  deciden mantenerse en su postura de compartir momentos con otras personas, que quizá el día de mañana, sí que necesiten.

No se trata de fachada, no se trata de apariencia. Se trata de reconocer que todavía queda en mí una ilusión por volver a ser lo que un día fuimos en la familia. Se hablará y se comentará… Será motivo de discordia y también de buenos deseos, pero sé que sólo se quedará ahí.

Creo sinceramente, que soy de las pocas personas que aún tiene un poco de ilusión por compartir y dejar a un lado los rencores y el pasado. Por desgracia me dejo llevar por una maldita sensibilidad que por mucho que he intentado cambiar nunca he logrado. Una sensibilidad que me pierde y que me hace seguir creyendo en personas y matizo, que de la familia. Una sensibilidad que hace también que me calle, observe y sólo me atreva a hablar cuando realmente lo creo necesario. Una sensibilidad que por desgracia, hace que me decepcione rápidamente ante esas ilusiones infundadas sobre mis deseos familiares.

No sé si las personas cambian… No sé tan siquiera si algún día podremos volver a ser lo que éramos. Pero el caso es que yo sigo siendo la misma. No he cambiado. No he opinado. Me he limitado a observar, a tragar y a sufrir ante hechos que eran injustos pero me he mantenido al margen aún teniendo gran información en mi poder.

Sé que mi deseo es absurdo tal y como están las cosas… Sé que estoy hablando de una auténtica utopía. Sé que no podremos volver a juntarnos todos porque existe una brecha demasiado profunda pero aún así, en mí queda el cariño, los recuerdos y un pasado en el que todo era mucho más fácil entre todos nosotros. Un pasado que ya apenas recuerdo, un pasado que por muy ilusa que sea, espero que pueda volverse a repetir para, por un momento, sentir el calor y la cercanía familiar que tanto añoro y que desde hace ya tiempo, no tengo.

Pero tras esto, vuelvo a la realidad, vuelvo a poner los pies en la tierra y dejar a un lado esa sensibilidad que es la que me hace hablar. Tras esto, me centro en adivinar que es probable que las navidades las pasemos juntos pero no revueltos. Es probable que insista a mi madre para pasar las navidades con esas personas a las que llevo en el corazón y todo porque aunque me cueste decirlo, es inevitable afirmar que les quiero. Esas personas que me han visto crecer y que, aunque yo a veces me deje llevar por el dolor y la rabia, son las que más necesito en estas fechas.

Sea como sea, lo cierto es que sé que sólo estoy hablando de sentimientos que son observados bajo un prisma distinto al de los demás, es decir, bajo una visión sincera y llena de humildad.  Sólo el tiempo que se acerca será conocedor de si la realidad de este año será como la de ya hace algún tiempo… Ojalá todo fuera más fácil… Ojalá fuera más fuerte…



martes, 13 de agosto de 2013

El último soplo de tu corazón


Con lágrimas en los ojos, observando todo lo que sucede alrededor. Mirando al vacío y evitando mostrar mi interior ante el acontecimiento sucedido. No lo esperaba y a día de hoy tampoco lo concibo o quizá, asimilo. Deberán ser los días los que hagan que la realidad vuelva a ser como era. Deberá ser el paso del tiempo para que, incluso, mi familia más próxima que son mi padre y mi madre, puedan también asimilar lo que está pasando.

Todo ha sido muy rápido y lo cierto, es que cuando perdemos a alguien cercano se nos vienen pensamientos e imágenes de los últimos momentos vividos a su lado. Instantes que de no ser por la pérdida no vuelven a aparecer. Son los recuerdos los que sin llamarlos aparecen de repente. Son momentos compartidos entre los que existen buenos y malos pero al fin y al cabo momentos que hacen que se queden para siempre en el interior de cada uno.

Recuerdo aquella despedida… Tenía la impresión que debía decirla cosas que, hasta ese momento, no me hubiera atrevido a decirla. Palabras que salían de mi corazón, palabras que nunca la había dicho pero que en ese hospital, en esa noche salieron de forma natural. Palabras que sabía que serían una despedida, un adiós y lo cierto, es que a día de hoy cuando ya no está, siento un vacío interior enorme porque ella era la única abuela que me quedaba y casi la única a la que conocí. Una abuela con la que de pequeña tuve gran relación pero a medida que me fui haciendo mayor, eso cambió. Me volví más despegada no teniendo esa cercanía de entonces. No se trata de pensar en lo que hice o no hice pero la verdad es que me encuentro en un momento un tanto delicado porque no me hago a la idea de que ya no esté aquí, de que se haya ido. No concibo que descanse bajo una tumba de mármol enterrada junto a su marido, es decir, el que fue mi abuelo y no conocí.

Ayer, entrando en el coche de acompañamiento el cual iba detrás del coche fúnebre… Ayer, sacando el ataúd de ese mismo coche… Miraba, lloraba y pensaba. No conocía apenas a la familia de mi padre en Esquivias. La gente se acercaba, me recordaban de cuando era pequeña mientras que yo a ellos no. Una misa, unas palabras y después de camino al cementerio. Ladrillos y cemento para dejarla por siempre descansar junto a su marido que murió hace 47 años. Dos coronas encima de su lápida, una de la familia y otra de la empresa de mi padre. Ahí reposará y nunca más la volveré a ver… Ahí quedará y será un recuerdo para todos los que allí estuvimos.

Me siento apenada, disgustada y sobre todo, dolida por saber que no volverá a estar. Hablo como nieta y el significado de su muerte supone para mí un sentimiento de vacío porque fue la única abuela en vida que tuve. Ya no podré ir a verla a la residencia, ya no se podrán celebrar su cumpleaños, motivo por el que toda la familia nos reuníamos, ya no sentiré esas preguntas incómodas sobre bisnietos que ella me hacía… Ya no habrá nada. Y aunque todos hemos pasado por estas cosas con otras personas cercanas cuando se trata de alguien tuyo, de alguien que te toca el corazón, se vive de forma más intensa.

Es la vida la que pasa sin apenas darnos cuenta, pero ella puede estar orgullosa de los dos hijos que deja y de las dos nietas que llevan su sangre porque de ella he aprendido a lo largo de mis 29 años, que pase lo que pase hay que ser fuerte, hay que sobreponerse a las situaciones complicadas y sobre todo, que hay que luchar puesto que ella lo hizo, hasta el último suspiro de su vida.  Eso es lo que me llevo de ella. A partir de aquí no queda más que hacerme a la idea y de despedirla por siempre mientras se me resbalan lágrimas por los ojos.

Hasta siempre abuela. Hasta siempre Orencia Portero Martín.
 
 
 

 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Haciendo lo que debo...


Hace ya tiempo que no escribo por aquí… Quizá sea que según las épocas tenga más o menos ganas de plasmar algo a través de mis palabras. Muchas veces, no se tratan más que de pensamientos, ideas u opiniones, sólo eso. También es curioso comprobar cómo las diversas personas de mi entorno se meten aquí para leerme… No sé si será cuestión de curiosidad, de interés o de simple cotilleo. Pero resulta interesante como algunas de esas mismas personas que me leen tienen blogs que ni por asomo, creo, que pudieran imaginar que yo también me dedico a leerlos.  Pero de una forma u otra, las palabras causan repercusión en los demás, ya sean escritas o habladas.  Y hoy quiero hacer mención al poder de la palabra… a la importancia que tiene en cada una de nuestras vidas.

Hace tiempo que hablaba con una mujer, más mayor que yo, eso sí… Una mujer cuyas palabras no debieran importarme pero ante la que me callé porque no creo que se esforzara en escucharme. Unas palabras que días después resonaban en mi cabeza. Unas palabras que no eran justas… No lo eran… Pero me resigné a asentir con la cabeza, a darla la razón y a, simplemente, evadirme mientras me hablaba. Lecciones de moral me intentaba dar pero está claro que, hay veces, que los pequeños, deben obedecer a los grandes, a la autoridad… Palabras que días después analicé… repasé una y otra vez y esas palabras me hicieron dudar en ese momento de la decisión que tomé hace ya tiempo con respecto a algo… Y no es que me cueste nada seguir con la decisión tomada sino que, aparecen personas que por el hecho de tener más poder, no se dan cuenta que sus palabras y las formas de decir las cosas, pueden crear brechas si se encuentran impedimentos en el camino. Hay personas que no se dan cuenta de los cargos que ostentan o de la repercusión que las maneras y las formas pueden tener en otros. Hay veces, que existen personas que por ocupar un cargo, tratan como números a un cúmulo de borregos que creen tener bajo sus pies. Y el paso de los años, quizá, en ese mismo puesto es lo que hace…es lo que genera. Y me gustaría poder ser más clara, pero no es el momento de serlo… Es el momento de intentar esquivar dichas palabras que por quien debieran ser, tendrían que resbalarme. Palabras que, a veces,  se olvidan, vuelven o resuenan… Pero al fin y al cabo son palabras. Unas mismas palabras que forman frases, que leídas en un libro a través de una historia o una novela, hay veces que me hacen hasta llorar. El poder de la palabra… Y quien tiene la capacidad de hablar también debería tener la capacidad de escuchar pero lo cierto, es que hoy en día, son pocas, aunque quedan algunas, las personas que cuentan con dicho don.

Hay veces, que nos acordamos de una frase, de una palabra, a pesar de que pase el tiempo. La interpretación de las frases puede a veces impactar, puede repercutir en alguien y me da rabia, mucha rabia, que haya personas que por estar donde están ejerzan un poder y no se limiten tan solo a hacer su trabajo. Me fastidia, a veces, la falta de humanidad que percibo en personas que están por encima y que olvidan el propósito de su cargo, de su objetivo. Se supone que en esta vida, hay veces que hay que aplastar para subir. Hay veces que se debe hacer la zancadilla al de al lado para así progresar y en ese camino se va perdiendo la inocencia y la pulcritud de los valores más humanos. Valores que según el puesto deberían estar patentes en todo momento… Valores que bajo mi opinión se dedicaron a vender a través de un sueldo.

Pero a pesar de las zancadillas que me encuentro en uno de los caminos por el que he decidido apostar y en el que encuentro obstáculos, seguiré… Porque he dado mi palabra. Quizá, más adelante, pasado el tiempo, lo pueda contar como anécdota, como algo gracioso… Porque realmente, me resulta un tanto surrealista… Aquella conversación, aquellas palabras y aquellas lecciones de moral…
 
 

domingo, 7 de abril de 2013

Para entenderlo hay que conocerlo.


Hay ocasiones en las que es necesario parar, hay momentos en los que se convierte en una obligación el detenerse de forma radical. Hay veces, que tenemos que hacer un alto en el camino para saber, quizá, que es lo que queremos de verdad. Tomamos decisiones todos los días… Cada vez que elegimos esto y no lo otro es porque de verdad lo queremos, pero cuando titubeamos, cuando sentimos la inseguridad en nuestro cuerpo o cuando simplemente, dudamos y esa duda, nos hace pensar y pensar y de nuevo, volver a pensar, es porque algo en nuestro interior se está revolcando. Un sinfín de pensamientos que surgen en los momentos de debilidad, pensamientos que no deberían resurgir y que, sin querer, nos hacen más débiles.

En todo este tiempo he sido partícipe de una noria de emociones, de sentimientos y sobre todo, de estados de ánimo. ¿Inestabilidad? Algunos lo llamarían así pero más bien creo que se denomina supervivencia en una sociedad en la que cuando nacemos nos insertan en ella. Una sociedad con sus normas, con sus valores y con esa adquisición de roles que nos arrastran y nos empujan a vivir de la manera que “debemos” vivir. Todo aquello que se aleja de la normalidad, de la alienación es lo que podría llamarse “poco común” pero vamos creciendo, nos vamos haciendo mayores y es entonces, cuando vemos que si esa presión o expectativas infundadas no se cumplen es cuando surge la maldita duda. La maldita inseguridad y sobre todo, el asqueroso vacío que por mucho que intentemos llenarlo, parece que ahora, nunca rebosa. Un vacío interno, un sentimiento de frustración… Sentirte anclada en algo que no avanza, que no cambia y sobre todo, que tampoco espero que en el futuro se vaya a modificar. Es mi sentimiento, mi idea, en definitiva, mi opinión. Hay que ser muy fuerte, hoy en día, para no caer, para no derrumbarte ante ciertas situaciones que no dependen de uno mismo… Situaciones que se acumulan con otras anteriores y que hacen que al final puedas caer, que te puedas derrumbar y lo peor de todo es darte cuenta que no tienes frenos para poder parar. Que me caigo y me levanto, siempre lo hago. Siempre… Me haya costado más o menos, siempre lo he acabado haciendo porque la mente es la que nos domina, es la que nos hace movernos o pararnos en nuestra vida. Es la mente la que nos controla y cuando caemos es necesario hacer un esfuerzo aunque sea sobrenatural para parar ciertos pensamientos que nos pueden llevar hasta el fondo del pozo.

Cambiaría muchas cosas de mi vida ahora mismo, si retrocediera en el tiempo, si pudiera irme unos años atrás, hubiera tomado otras decisiones para poder evitar, quizá, este sentimiento que permanece en mí de forma constante. Un sentimiento de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de vacío ante el futuro, ante lo que debería estar consiguiendo y por circunstancias vitales ni logro tocarlo, ni tan sólo olerlo. Pero no soy la única, hay muchas personas más… Demasiadas… Y hay veces que te entran ganas de no seguir, de decir “no puedo más” y de no saber tan siquiera qué hacer con tu vida. Y es sólo una vida… Una vida que pasa sin darnos cuenta, una vida en la que hay que disfrutar al máximo y eso es algo que yo siempre he hecho. He vivido y lo sigo haciendo con plena intensidad pero me da pánico pensar que no puedo traspasar ese techo de piedra que ahora mismo veo cuando alzo la vista y pienso en el futuro más próximo. Mientras tanto sigo viviendo y durante el trayecto me caigo, me hundo pero me levanto y tengo que reconocer, que me da miedo o más bien temor  volver a caer y no levantarme como hasta ahora lo llevo haciendo porque el sentimiento se va haciendo más pesado y porque el camino está lleno de desvíos en los que, de forma obligada,  paro y me oxigeno pero cuando vuelvo de nuevo al camino siempre encuentro alguna zanja que hace que me derrumbe.

 “No te rindas” me digo a mi misma todos los días. Y mi vacío no se llena, mi vacío se va haciendo un desierto en el que camine por donde camine no llego nunca a ningún lugar. Pero hay días en los que debo reconocer que no puedo más y esos son los peores, días en los que me paro, me detengo de forma exagerada y me doy un tiempo pero aun así, por dentro me digo “Hoy no es el día… pero puede serlo mañana” y de algún lugar saco esa fuerza para decir “Adelante” . Lo malo es el miedo de comprobar día tras día que esa motivación que ya debería estar satisfecha y que no es otra que mi prioridad, no lo está y que no depende ya ni de mi constancia sino de una sociedad que se desmorona y da lugar a un cúmulo de pensamientos desconfiados, desesperanzados y sobre todo, desesperados.

Porque para sentirlo hay que sufrirlo… Para entenderlo hay que vivirlo… Y para hablarlo hay que conocerlo…
 
 
 
 
 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Recordando...


A punto está de acabarse el año y con él, todos los momentos vividos… Todas las experiencias que me han servido para crecer y para madurar. Instantes que no se volverán a repetir. Pensamientos que quizá, ya puedan de una vez quedar atrás. Es obvio que todo nos afecta, nos limita, nos hace comportarnos de una manera u otra. Todo lo que nos envuelve nos va formando, nos va moldeando.
Lo cierto, es que este año no ha sido como me gustaría que hubiera sido. Quizá, me esperaba otra cosa, quizá no sabía lo que la vida me tenía preparado, pero de un modo u otro, me he dado cuenta que no debo rendirme y que los malos momentos deben pasar. Que espero con todas mis fuerzas que todo cambie y que encuentre un camino al que aferrarme, un destino que brille de una forma que me deslumbre y que camine hacia él. Todavía no lo tengo o es que, a lo mejor, no lo veo.
En Enero de estas fechas todo parecía ir bien y comenzaba el año con alguien que yo consideraba especial, en resumidas cuentas, me dejaba querer. Poco a poco todo se fue marchitando y eso hizo que a raíz de los trabajos que me salían y del desgaste de lo que estaba ocurriendo entre esa persona y yo, desembocara en un distanciamiento fugaz. A veces lo pienso y creo que fue lo mejor, creo que a veces, nos equivocamos con nuestras decisiones en el sentido de que estamos con personas simplemente porque las tenemos cerca o hasta hay veces, que debido a las circunstancias, nos dejamos querer o incluso, hasta llevar. No niego que no me doliera pero reconozco que en cierta manera, fue una liberación y hablo de esto porque forma parte de mi historia y de mi vida.
 Después, entré en una espiral en la que no veía salida por el tema laboral por la propia presión que yo misma ejercía. Todo eso hizo que a veces, perdiera un poco la esperanza en mí, que me dejara de ver útil y tenía que buscar una salida, algo que me diera un poco de vida. Y por eso fue pasando el verano, entre el pueblo y mis amigas. Siempre he dicho que el pueblo, para mí, es un lugar de desconexión, un lugar donde puedo respirar y donde no me ahogo. Un lugar que me inspira libertad y donde todo es natural. Un lugar que me renueva por dentro.
Y no es que haya centrado mi vida porque aún estoy dando tumbos de un lado a otro pero decidí hace unos meses, realizar un ciclo superior para, de esta manera, ocupar mi tiempo y no sólo ya eso, sino reavivar un poco la llama que se me ha apagado dentro con respecto a mi valía. Reconozco que es muy frustrante, a veces, sostener ciertas posturas y comportamientos porque hay días muy malos en los que no soy capaz de razonar a nivel general, de la situación, de estar siempre recibiendo un “no”, de escuchar “ya te llamaremos” o de no recibir ninguna respuesta. Y eso día tras día te va comiendo por dentro, te va minando la moral y lo que es peor, empieza a afectar al estado de ánimo. Nunca pensamos que lo que vemos en los demás nos puede pasar a nosotros. Siempre creemos que las malas situaciones son para los demás. Pero nadie está exento.
Día tras día empiezo a experimentar sensaciones que suben y bajan, los pensamientos surgen de nuevo y veo que los días pasan y pasan… Y vuelven a pasar… Y así una y otra vez. Y no es algo que sólo me ocurra a mí pero a veces, los que no están en una situación similar, no pueden entenderlo. Los trabajos van saliendo, sí, pero no del aspecto que me gustaría. No me cierro a nada pero todo acaba minando mi moral. No creo tan siquiera que el año que viene vaya a ser mejor… O sí, no lo sé… No sé ya si pensar que algo puede mejorar, no sé si dentro de unos meses podré releer esto y mirarme a mí misma mientras me río de lo que aquí escribo porque las cosas hayan podido ir mejor de lo que podría esperar.  Tengo miedo en el sentido de que empieza un nuevo año y a veces, no es mejor que el que dejas atrás, simplemente cambia con respecto a las personas que incluso te acompañan y están a tu lado. Personas que te forman y transforman, personas que motivan y desmotivan, personas que animan y desaniman, personas que te inspiran y desesperan… personas a fin de cuentas porque forman el entorno en el cual durante las diversas épocas del año me han acompañado en mi viaje vital.
A poco días de acabar el año, sólo deseo que el 2013 vaya un poco mejor que el anterior, que recupere mi confianza, eso que ya perdí por el camino debido a mi situación existencial. Y que todo esto sólo sea un mal sueño del que espero pronto despertarme y volver a reencontrarme porque no es nada fácil poder asimilar y seguir manteniendo la esperanza, una esperanza que según el día varía y la que espero que vuelva también a encontrar con las personas que me ayudan en mi caminar. Personas que a veces descuido, personas que se preocupan por mí y personas que este año he conocido y que forman parte ya de mi historia por las aportaciones que me brindan y que me hacen sacar lo que tengo dentro.
Sólo espero que los momentos malos y los que me han causado cierto dolor se queden en este año que está a punto de acabar. Que lo que he aprendido este año me sirva para recapacitar, para encauzar mi vida y sobre todo, para confiar en que todo puede ser mucho mejor y que todo lo que me pueda pasar, será para evolucionar y entenderme un poco más en esta época de mi vida que considero un tanto especial debido a mi sentimiento interno. Así pues, espero ansiosa todos esos momentos que aún están por llegar en el nuevo año, un año repleto de deseos, esperanzas y sobre todo, transformaciones.
 

domingo, 28 de octubre de 2012

No soy tan distinta.


Todos cambiamos, todos evolucionamos y lo más importante, todos nos transformamos. Pero al igual que lo hacemos cada uno de nosotros, también lo hace nuestra vida. Hay veces que uno se puede sentir perdido. Veces en las que parece que uno pierde el rumbo pero son simples sensaciones las que nos pueden hacer sentir así. Son momentos en los que parece que nada era como esperábamos. Instantes en los que reflexionamos, obervamos y aún mejor, afirmamos o negamos, que estamos actuando de la manera que cada uno de nosotros quiere.
Nunca las cosas pueden salir como uno espera, nunca nos paramos a pensar qué falla en cada uno o nunca uno entiende qué ocurre para que las historias se repitan. Historias que son siempre las mismas, historias que no cambian ni un milímetro pero lo que varía sí que son las personas. Esa es la gran variable. Somos personas que tenemos altibajos, que sentimos, que nos emocionamos, que nos alegramos, rabiamos o defraudamos. Personas a las cuales no se las puede controlar. Personas con sus buenos días y sus malos, personas que hablan, que dicen y que incluso, a veces sobran. Personas, simplemente, en su totalidad.
Nunca he pensado que yo misma tuviera, incluso, la capacidad de tomar ciertas decisiones o que volviera a caer en las mismas circunstancias. Nunca he sido capaz de ser consecuente con mis actos cuando de verdad he querido hacer algo. Me puedo tomar las cosas muy en serio pero luego cuando pierdo el interés, puedo mostrarme demasiado fría. Hay veces, que puedo pasar de sentir un tremendo cariño a una escalofriante indiferencia sustituyendo a unas personas por otras. Muchas veces, los que me rodean, me preguntan por qué adoro hacer fotos. No se trata de que me guste… se trata de que esos instantes que retrato siempre quedarán para mí. Instantes que aunque hayan pasado años, siempre recordaré esos detalles que plasmaban la imagen tomada. A veces, instantes que duelen y otras, que me hacen despertar lo más sincero e inocente que quedaba de mí en el pasado.

No sé si hago bien, no sé si es lo correcto. No lo sé... Dentro de poco acabará el año… Un año que comenzó con grandes ilusiones y expectativas, las cuales según avanzó el tiempo, fueron cambiando completamente. He tomado caminos que ni por asomo hubiera elegido hace años, pero aquí me veo, involucrándome en algo que no sé si merecerá tan siquiera la pena, pero que en cierta manera, llena mi tiempo de alegría, entusiasmo y felicidad. No me cierro a nada puesto que a estas alturas ya ni puedo elegir. Simplemente, me dejo llevar por la corriente. Una corriente que me arrastra, que me arrasa y que hace descubrir partes de mí que tenía olvidadas. Partes de inocencia y de valentía, mezcladas con un cierto matiz de despreocupación. Son los que nos rodean los que nos hacen ser como somos y en función, de las circunstancias, así nos comportamos o nos adaptamos.  E incluso, cambiamos. Pero lo cierto, es que lo más importante es emplear el verbo “vivir”.
Cada mañana me levanto con ganas de seguir siendo como soy, de seguir actuando como quiero y de comportarme de la manera que para que se entienda mejor, me de la gana. Porque si otros pueden, yo también. Vivo de la manera que me gusta, hago lo que quiero cuando quiero y sobre todo, estoy con aquellos que tienen algo que aportarme. Algo de lo que puedo aprender y  sobre todo, valorar. A día de hoy, tenemos la maldita manía de ver sólo lo malo de los demás, las cosas en las que hemos fallado o no hemos estado. Pero se nos olvida por completo, recordar esos instantes en los que sonreímos, nos alegramos, nos decimos algo que nos hace sentir mejores o cuando necesitamos la presencia de alguien. Hay que olvidar las amenazas de perder algo que queremos por el simple hecho de compartirlo de una manera sana, hay que dejar a un lado esos comederos de cabeza que destruyen por dentro, hay  que no pensar mal de que todo se hace por un objetivo, hay que simplemente, dejar de lado, esa parte de desconfianza que muchas personas, sacan a relucir cuando no deberían sacarlo porque no hay motivos.

Es complicado “aguantar” ciertos momentos que por obligación hay que llevar de la mejor manera posible. Es difícil no quejarse de determinadas situaciones que también por obligación tengo que vivir pero lo intento llevar de la mejor manera porque me niego a caer en la desesperación de un cúmulo de circunstancias que me hagan ver lo negro de ciertos momentos.  De cualquier manera, nadie puede negarme que no todos somos de hierro y que no hay veces, que uno cae o que tiene días peores.
Nadie puede decirme que su vida es perfecta y que no tiene miedo a nada. Nadie puede afirmarme que la vida es un camino de rosas. Nadie puede contarme que sus vivencias son totalmente equilibradas donde no hay lugar para la rabia, la desconfianza o la desgana. Nadie puede negarme, en definitiva, que lo que yo plasmo aquí, que lo que siento, no es tan diferente a lo que otros que me leen habéis sentido en algún momento de vuestra vida. Pero es más fácil hacer saber a todos que no tenemos fisuras en el caparazón que nos colocamos todos los días cuando nos levantamos, fingiendo muchas veces, que nos va mejor de lo que, en realidad, nos va.
Yo sólo aquí, me limito a quitarme ese escudo que de manera habitual, también me coloco la mayoría de los días. Un escudo que no deja lugar a descubrir nada de lo que aquí escribo. Pero por dentro, no soy tan distinta a lo que todos, absolutamente todos, hemos pensado en algún momento.
 
 
 

domingo, 9 de septiembre de 2012

En lágrimas de ayer


Hay veces en las que no nos salen las palabras correctas, las frases adecuadas. Hay veces que no somos conscientes de nuestro entorno, de nuestra familia, de lo que tenemos a nuestro alrededor. Nos limitamos a pensar que lo que a otros les sucede, a nosotros no nos va a pasar. Otros sufren, otros lloran, otros sienten dolor, pero siempre creemos que se trata de otros… Criticamos, herimos, fallamos y hasta inventamos. Pero siempre pensamos que a nosotros no nos va a tocar, que cada uno de nosotros somos especiales, únicos, y lo cierto, es que es con el tiempo, cuando aprendemos esto.
Creemos incluso, que el enemigo es alguien que está fuera de casa, pero cuando uno abre los ojos y ve y acepta que nada es lo que era, que nada queda ya de lo que yo creía que había, que no queda cariño, no queda amor, no queda comprensión. No queda nada… Sólo queda indignación y rabia.

Voy cumpliendo años y he perdido ya cualquier inocencia que me quedara por el camino. Me he apartado de aquellas personas que me herían y hasta he aprendido del dolor, del llanto y de la ira. He aprendido a dejar parte, incluso de mi bondad a un lado, para poder vivir en un mundo donde los valores brillan por su ausencia. En un mundo en el que o te haces fuerte o te pisan. Un mundo en el que tienes que aparentar ser lo que no eres porque siempre habrá alguien que critique, siempre habrá alguien a quien falles, siempre habrá alguien que sacará defectos. Siempre… Y lo que hago es apartarme, es cambiar. Me dicen a veces, que ya no soy la que era, que he cambiado, pero no… No he cambiado, sólo con las personas que no me aportan ningún tipo de cualidad.
Sigo siendo la misma para aquellos que me conocen, sigo siendo la misma que era hace años, sigo teniendo las mismas ilusiones y las mismas esperanzas pero ahora, con cuidado de que no me hagan daño porque todos vamos aprendiendo de las experiencias. De aquello que nos rodea.

Hay días en los que todo me pesa, en los que veo que quedan muy pocas personas que merezcan la pena. Pero las hay, las tengo… y son aquellas de las que me rodeo, de mis amigas y amigos con los que paso grandes momentos  y con los que vivo todo intensamente, de mi madre que aunque me duela me dice las verdades porque es el papel que tiene que hacer conmigo, de  mi padre que de una manera más seria siempre me ha enseñado a darme a valer y de algunos escasos familiares.

A día de hoy, dentro de la propia familia, con quién puedes contar? Me siento muy decepcionada conmigo misma porque veo mucho sufrimiento y he confiado en que algo de lo que sucede fuera a cambiar, pero voy viendo también que cuando alguien se decepciona es porque da cabida a una esperanza de cambio. Un cambio que no llega y que no va a llegar. Hay veces que me gustaría hablar con todas las palabras, decir las cosas claras como muchas veces, las hablo con mi madre. Muchas veces, puedo discutir con mi madre… Pero es porque actúa como madre, porque nos decimos las verdades, unas verdades que no puedo hablar por aquí.
Me decepciona hasta llevar el apellido García. Me decepciona formar parte, incluso, de un entramado familiar del que no quiero saber absolutamente nada. Me siento como si no formara parte de esa red. Van saliendo más y más cosas y una se va enterando de ciertas barbaridades, incluso, ocurridas en el pasado que ahora salen a la luz… El propio nombre de mi madre, Luisa, un maldito nombre que lleva implícito el daño y el veneno que hace que recuerde en cada momento la división familiar y el entramado de mentiras que han ido saliendo poco a poco a la luz. Mentiras de las que aquí no puedo hablar pero que me comen por dentro. Esa muerte fue el desencadenante de no sólo la destrucción familiar, sino de la verdadera cara de más de una, dos o tres personas que llevan el apellido García.

Intento centrarme, intento expresar lo que tengo por dentro, pero yo misma deseo no parecerme nada a lo que voy sabiendo y viendo. De nada vale decir “te quiero” cuando ya te han dado la puñalada. De nada vale pedir perdón cuando el daño sigue siendo constante y no hay intención ninguna de cambio. De nada vale decir que mis abuelos, han dado grandes valores a sus hijos, cuando veo lo que veo… Valores? Qué clase de valores? La envidia, la conspiración, la independencia y la indiferencia? Esos son los valores? Son esos? Porque lo único que veo es que el daño está siempre presente… Siempre.
Se supone que es la familia en la que se puede confiar, pero es muy duro entender que tu propia familia es la que más daño te puede llegar a hacer. Y eso es algo que cuesta asimilar. De qué vale reunirse en Navidades o en celebraciones familiares cuando luego, no tienes ningún tipo de relación con esas personas que dicen ser tu familia? No hay que aparentar, ya no hace falta a estas alturas. Ya no hace falta interesarse cuando por dentro, realmente, te importa poco o nada.

Todo va cambiando y la familia y sus integrantes también lo hacen… Lo malo es que a medida, que todos cambian, yo también lo hago y con ello, voy siendo consciente de que las lágrimas recorren las mejillas de lo que me hubiera gustado que no hubiera cambiado o que en su defecto, no salieran a la luz, los lobos que habitan en muchas de las personas que nos rodean. Lobos que han mantenido ocultos durante años y que en más de una ocasión, salen para defender su territorio.
Y es lo que me duele, haber creído en personas que no son lo que eran y que ya no volverán porque se han perdido en el camino. Siguen teniendo el mismo nombre, la misma apariencia y hasta la misma mirada, pero tras esas personas, ya no queda nada de bondad.  Para mí sólo quedan lágrimas de ayer.